Confesiones de un Sicario, mate, levante y torture por encargo de Vicente Carrillo "El Viceroy"

Estoy listo para la historia de los que vieron su rostro antes de morir

Formó parte del brazo ejecutor del narcotráfico en la frontera norte. Su itinerario puede resumirse así: “infancia, policía, narco, Dios”. 

En la habitación de un hotel, mientras huía de sus antiguos jefes, el asesino de 250 hombres le hizo al periodista Charles Bowden una relación estremecedora.

(Escrito por el periodista y escritor Charles Bowden que en sus 20 años de carrera escribió sobre el narcotrafico en la frontera entre México y Estados Unidos y esta es una de sus grandes historias.)

Mientras tomaba café e intentaba organizar las preguntas en mi cabeza, un reportero de nota roja fue ejecutado en Ciudad Juárez frente a su hija de ocho años; estaban sentados en el coche, calentando el motor. Esta mañana, manejando hacia acá, me rebasó un Toyota. Tenía una calcomanía en forma de corazón que rezaba “Amo el amor”. Yo intentaba recordar cómo había conseguido esta cita.

Me encontraba en una ciudad lejana. Un tipo me habló de un asesino a sueldo al que había escondido. Me dijo que al principio le daba miedo, pero que luego había descubierto que era muy útil. Limpiaba todo, cocinaba siempre, e incluso se hincaba para lustrarle los zapatos. “Le di asilo de favor”, explicó.

“Lo quiero”, contesté, “quiero escribir su historia”.

Por eso vine aquí.

El hombre al que espero ha dicho: “No me conoces. Nadie puede perdonarme por lo que he hecho”.

Se siente orgulloso de su trabajo. Los buenos asesinos dibujan un patrón muy preciso sobre la puerta del conductor. No rocían balas por todo el coche, no, trazan un dibujo que va de la puerta al pecho de la víctima. El reportero recién asesinado recibió una secuencia así: 10 balas de 9 mm. A su hija ni la rozaron.

Espero.

Me gustan las cosas bien hechas.

La primera llamada llega a las 9:00 y dice que debo esperar otra a las 10:05. Así que manejo 80 kilómetros y espero. La de las 10:05 me dice que aguante hasta las 11:30. La de las 11:30 no llega, así que espero y espero. En el local de al lado hay una tienda de juegos frecuentada por hombres que quieren dominar un mundo virtual. Adentro de la cafetería se respira una calma meticulosa, todo está limpio.

Estoy en un lugar seguro. No voy a decir el nombre de la ciudad, pero está lejos de Juárez y cerca del río. La llamada llega a mediodía.

Nos vemos en un estacionamiento, nuestros coches lado a lado como cuando se reúnen dos patrullas. Le paso unas fotografías. Él les echa un vistazo y me dice que vaya a una pizzería. Una vez ahí, dice que debemos encontrar un lugar tranquilo porque habla muy alto. Rentamos un cuarto de motel. Nada de esto puede ser arreglado previamente porque eso me permitiría tenderle una trampa.

Revisa las fotografías; son imágenes que nunca salieron en los periódicos. Clava su dedo en un tipo que está parado junto a un cuerpo semienterrado: “Esta fotografía puede costarte la vida”, dice.

Le muestro la foto de la mujer. Se ve hermosa, toda vestida de blanco y perfectamente maquillada. Le escurre sangre por la boca y la luz del amanecer acaricia su rostro. Esa imagen y yo tenemos una historia. En una ocasión estuve a punto de publicarla en una revista cuando mi editor recibió la llamada de un tipo aterrorizado, el hermano de la chica, que le preguntó: “¿Quieres que me maten? ¿Quieres que maten a toda mi familia?”. Recuerdo que el editor me llamó y me preguntó qué es lo que el tipo había querido decir. “Exactamente lo que dijo”, contesté.

Ahora el hombre ve a la mujer y me cuenta que era la novia del jefe de los sicarios de Juárez, y que los jefes del cártel pensaron que hablaba demasiado. No es que hubiese mencionado la ubicación de algún cargamento o algo por el estilo, simplemente hablaba demasiado. Así que le dijeron a su novio que la matara y eso hizo. Porque si no, él tendría que morir.

Pisamos terreno antiguo. La palabra sicario se remonta a la Palestina romana, cuando la secta judía de los Sicarii mataba a los romanos y a sus partidarios con una pequeña daga (sicae) que escondían entre sus ropas.

Se inclina hacia mí. “Vicente —el jefe del Cártel de Juárez— podría matarte si tan sólo pensara que estás hablando por ahí”.

Estas fotografías pueden costarte la vida. Las palabras pueden costarte la vida. Y todo esto sucederá, y morirás, y la oración jamás tendrá sujeto, será simplemente un objeto que se desploma muerto en el piso.

Siento como si estuviera cayendo en una especie de pozo, una zona oscura que rezumba por debajo de la ciudad, un lugar donde la realidad es más dura y los hechos absolutos. Pienso que he estado viviendo en un mundo fantástico de leyes, teorías y sucesos lógicos. Ahora estoy en un país donde matan a la gente por capricho, y donde una hermosa mujer aparece tirada, con sangre escurriendo de su boca y el cuerpo envuelto en una serie de explicaciones que, en realidad, no tienen nada que ver con lo que en verdad pasó.

He esperado este momento durante años. No es la primera vez que estoy con un asesino. En una ocasión anduve de fiesta con 200 tipos armados en un hotel de México durante cinco días seguidos. Pero ellos no estaban interesados en contarme sus crímenes. Él sí.

Nunca lo distinguiríamos. Su estatura es promedio; se viste como obrero, con botas de trabajo y gorra. Si estuviera parado junto a ti en un puesto de control, no podrías dar una descripción física cinco minutos después. No tiene nada que llame la atención. Nada.

Tiene dedos muy gruesos y manos muy grandes. Su cara no tiene expresión. Su voz es fuerte pero plana.

Pasa inadvertido. Así es, en parte, como logra matar.

“es esos años Juárez era un cementerio. Yo he cavado la tumba de 250 cuerpos”, dice.
Ahora las cosas están un poco calmadas, aqui en Juarez no se dan balaceras o enfrentamientos como en otras partes del país aquí mas bien cazan a sus enemigos son ejecuciones limpias.

Asiento con la cabeza porque sé a qué se refiere. Los muertos, los 250 cuerpos, son detalles, gente que él ha desaparecido, enterrándola en agujeros mortales. La ciudad está tachonada de estas tumbas secretas. Apenas hoy, las autoridades encontraron un esqueleto. Gracias a la ropa podrida los expertos dedujeron que los huesos eran de un hombre de 25 años. Tan sólo uno de la legión de muertos escondidos en Juárez.

Por eso estoy aquí. He pasado 20 años de mi vida intentando llegar a este momento sin acabar en uno de esos agujeros. En esa fiesta de los 200 asesinos, un policía federal intentó matarme. El anfitrión lo detuvo, y yo seguí con mi deshilachada vida. Pero he llegado a este cuarto para sacar a la luz mis propios muertos, los miles de muertos que han llegado a mi escritorio durante mis guardias de reportero. He publicado dos libros sobre la carnicería de esa ciudad, he reporteado ahí desde 1995, cuando mataban en Juárez a 200 o 300 personas al año, hasta 2006, cuando fueron asesinadas mil 607. Esa es la cifra oficial —nadie lleva la cuenta de los levantados y desaparecidos. Yo soy prisionero de todas estas muertes.

Nos sentamos con un traductor en una mesa redonda de madera; las cortinas están cerradas.

“Todo lo que diga se queda en este cuarto”, advierte.

Asiento y sigo tomando notas.

Así empieza: nada puede salir del cuarto, aunque estoy tomando notas y a pesar de que sabe que voy a publicar lo que me cuente porque se lo aviso. Estamos entrando en un territorio que ninguno de los dos conoce. Yo no puedo repetir nunca lo que él me cuente aunque le digo que lo voy a hacer. Nada puede salir de este cuarto aunque él ve cómo escribo en una libreta negra. No sé su nombre ni puedo verificar nada de lo que me diga. Pero este asesino tiene pedigrí, se lo dio el hombre que nos puso en contacto: un hombre que alguna vez usó sus servicios, un ex miembro de un cártel y mando de la policía al que ahora le debo un favor.

Me pide que le toque el tricep de su brazo derecho. Le cuelga como una llanta desinflada. “Ahora”, dice, “siente mi brazo izquierdo”. Nada le cuelga ahí.

Se pone de pie y me hace una llave china. Podría romperme el cuello como si fuera una rama.

Se vuelve a sentar.

Le pregunto cuánto cobraría por matarme.

Me tasa con una mirada tranquila y dice, “cinco mil dólares cuando mucho, probablemente menos. No tienes poder ni conexiones con el poder. Nadie me perseguiría si te matara”.

Estamos listos para empezar.

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