De Los Caletri a Los Arizmendi "El Mochaorejas", las familias mas sanguinarias del Secuestro en México, sus crónicas

Si se intenta una definición del secuestro en México necesariamente pasará por el apellido Caletri y, sin remedio, mencionará al estado de Morelos. 

En realidad, la vena del plagio mexicano nace en ese estado con una familia de rancheros que aportarían varios aspectos modelo de esa industria criminal. Les decían Las Víboras de Tlayca, el pueblo de donde surgieron para luego fundar una auténtica “institución” en las cárceles del DF, esa otra gran cepa de secuestradores…

Hermano Coraje

Pasaban las seis de la tarde y el año de 1995 terminaba en el Reclusorio Oriente. Nicolás Andrés Caletri miró a los suyos y asintió con la cabeza. Conocía bien el momento, el del revólver hormigueando en su mano derecha. Los demás apretaron las armas pasadas que habían ingresado de contrabando en las últimas semanas.


Caletri avanzó con Héctor Cruz Nieto y otros cinco. Amagaron a los custodios del dormitorio.

Los ataron de pies y manos con alambres y vendas para salir de la crujía. Sometieron con un cachazo en la cabeza al guardia que encontraron y forzaron la puerta que da a la exclusa del módulo. Encañonaron a cada guardia que encontraron y llegaron al área de visita íntima, donde tomaron como rehenes a dos custodios, convertidos en escudos en la carrera hacia la caseta 12, frente al área de servicios generales.

Ahí dominaron a otros dos vigilantes. Se apoderaron de dos escaleras extensibles para salir al patio de maniobras. Golpearon a dos supervisores y a dos policías. Los encerraron en la caseta de servicios generales. Ingresaron al cinturón de seguridad. Tirotearon las torres seis y siete. Los policías se acurrucaron sobre los talones y asomaron las escopetas y las R15. Pero los amotinados eran cascadas de balas. Sin soltar el gatillo, los reos colocaron las escaleras plegables en la muralla perimetral. Los alcanzó el resto incluido en el plan, entre ellos José Luis Canchola Sánchez El Canchola, Benito Vivas Ocampo El Viborón y Modesto Vivas Urzúa La Víbora. Arriba de la barda miraron la calle por primera vez en años. Se descolgaron con un gancho hecho con varilla y pedazos de tela anudada.

Caletri se desprendió a metros del suelo. Cayó sobre los talones y los sintió de talco. Ya sabía que el cuerpo es también un obstáculo. Ignoró el dolor. Corrió. Estaba libre de nuevo y otra vez tenía banda. Corrió con las puntas de los pies, como los velocistas. Iniciaba su carrera de secuestrador.

* * *

Caletri nació en Guerrero el 3 de enero de 1956. En 1988 se casó con E., con quien tuvo un hijo a quien llamó A. Tiene siete hermanos: Amada, Juan José, Rosa María, María Idalia, María Eugenia, Octavia, Vicente –fallecido– y Matilde. Apenas terminó la primaria, donde aprendió a escribir en la letra manuscrita que mantiene hasta hoy. Bebía poco, prefería la marihuana.

Trabajó de 1973 a 1976 en Servicios Especiales de la Armada de México. Ahí aprendió a boxear y solicitó su baja voluntaria al poco tiempo de la muerte de Josefina, su madre. Con el dinero ahorrado y con el que recibió por su cese, compró máquinas de coser y abrió un pequeño taller de costura. En 1981 emprendió un pequeño negocio de confección de ropa de mujer. Surtía comercios del oriente del Estado de México.

En alguna ocasión conoció a unos comerciantes de Yucatán inconformes con el precio de los intermediarios. Acordaron la venta directa y el trato funcionó bien hasta el día en que le pagaron con cheques sin fondos. Caletri buscó a los yucatecos, pero desaparecieron.

El taller de costura quedó cerca de la quiebra. Caletri luchaba por levantarlo cuando conoció a tres amigos de su costurera. Uno de ellos, Manuel Hernández, le propuso asaltar la casa del dueño de una rosticería de pollos en Los Reyes La Paz. Caletri aceptó. Esa primera vez permaneció en el auto. Los demás entraron en la casa y salieron con varios objetos, dinero y alhajas. Hicieron tres robos por el estilo, pero las ganancias eran tan raquíticas y el riesgo tan alto que pensaron asaltar bancos. Faltaba el método y Manuel comentó que podrían pedir trabajo a un auténtico profesional. Se citaron con él afuera de la fábrica de Pedro Domecq, que también se ubicaba en Los Reyes La Paz. Cuando Nicolás llegó, Manuel estaba con dos hombres. Uno era Leonardo Montiel el León, el otro, enorme y fornido, era Alfredo Ríos Galeana, recién fugado de la cárcel de Pachuca, Hidalgo. Después conoció a José Bernabé Cortés Méndez el Marino, ex integrante de la Armada de México, y Álvaro Darío de León Valdés El Duby.

Caletri y Ríos Galeana platicaron durante 10 minutos. Quedaron de verse al día siguiente en el puente de Los Reyes. Cuando Caletri llegó, ya estaban todos. Era lunes, alrededor de las ocho de la mañana. Ríos Galeana los llevó a un banco del centro de Ixtapaluca que asaltaron en cuestión de minutos. Caletri contó millones por primera vez en su vida. Sacaron 150 millones de pesos viejos sin ningún problema y a él, como a cada uno de los demás, le correspondieron 15 millones de pesos, porque, y esta fue otra lección de Ríos Galeana, la plata se repartía en tantos iguales.

Siguieron a un banco en Chiconcuac, Estado de México, al parecer un Bancomer vigilado desde días antes. Nuevamente se robaron 150 millones de pesos. Usaron escopetas, rifles de asalto R-15 y pistolas. Esta vez, Caletri recibió 20 millones de pesos entregados en alguno de los parques de cemento y tierra de Ciudad Neza. Exploraron el Distrito Federal y asaltaron un banco en la glorieta de Huipulco, en Tlalpan.

El método de Ríos Galeana, descrito por su alumno Caletri, resultaba sencillo y folclórico, tal como era el maestro. Seleccionaban la sucursal en función de la cantidad de bolsas con dinero que las camionetas de seguridad entregaban. La noche anterior al asalto, cualquiera de la banda robaba un coche grande donde cupieran todos. Antes de entrar, vigilaban el sitio para saber si ese día el camión entregaba bastante dinero. Si era así, avisaban a los demás. Llegaban en el auto robado y lo estacionaban cerca de la entrada del banco.

Entraban con calma y en silencio. Afuera quedaba el chofer en el carro robado esperando la huida. Otros dos hombres armados, llamados “muro” –como se hace en el lenguaje policiaco–, eran responsables de cubrir la huida con fuego si la policía llegaba. Los de adentro amagaban a los clientes y al personal. Un miembro de la banda elegido previamente se dirigía al gerente del banco, lo encañonaba y le exigía abrir la bóveda. En los asuntos que le tocaron, Caletri tomaba las bolsas de dinero, lo que le imponía la triple desventaja: correr con peso, no portar un fusil de asalto (por tener sólo una mano disponible) y ser el blanco favorito en un eventual choque con la policía. El grupo salía del banco y subía al vehículo robado que ya estaba en marcha.

El conductor manejaba cinco cuadras hasta donde los ladrones habían dejado estacionados sus vehículos legales. Abandonaban el auto robado y en calma abordaban los otros, dos participantes en cada coche. Todos, en caravana, seguían una ruta establecida hasta la casa de seguridad, donde sólo entraba el auto que transportaba el dinero. La plata se contaba a la vista de todos. En los asaltos bancarios en que participó Alfredo Ríos Galeana, fue siempre él quien amagó al gerente en el camino a la bóveda. Y gritaba: “¡Ya llegó su padre, Alfredo Ríos Galeana, y quiero mi lana!”.

La suerte terminó para Caletri en 1982. Fue detenido por la Dirección Federal de Seguridad frente a su familia en la colonia Maravillas de Ciudad Neza. La cárcel fue el inicio de su propia carrera y el final de su relación con Ríos Galeana. Entró al Reclusorio Sur del Distrito Federal donde pasó los siguientes cinco años de su vida. En 1987 fue trasladado a Santa Martha Acatitla, donde estuvo cuatro años más. En la Peni, Caletri tenía una cafetería, un restaurante, y se convirtió en prestamista. Ahorró dinero y conoció gente.

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