Esta es mi triste historia; Así fue como Los Zetas y Golfos me quitaron mi patrimonio

El trasiego de droga es el menor de los males que le acarrea el crimen organizado a una ciudad como Reynosa.

Y, en realidad, los enfrentamientos armados son la punta del iceberg. Son apenas las formas visibles de un flagelo mucho más grande que yace bajo la superficie. 

Una pesadilla subterránea que no va a las cifras, que se propaga discretamente, casi como un susurro, en las historias de sobremesa de la ciudad.

Son el secuestro, la extorsión y el despojo. Es esa angustia que acarrean lo que más espanta. 


Es el timbre del teléfono con el número privado, el paso de la camioneta sospechosa frente a nuestra acera o la entrada del cliente atípico a nuestro negocio. Es ese el verdadero terror, no porque las balas no maten, sino porque el terror mata más lentamente.

El negocio del crimen organizado se ha ramificado. Hoy los carteles del narcotráfico recurren al despojo para seguirse enriqueciendo.

Despojan de casas, ranchos, terrenos y locales. Obligan a sus víctimas a vaciar sus cuentas bancarias para poder seguir con vida. No tienen ningún empacho en dejar familias enteras en la calle.

Este es el testimonio de dos personas que vivieron esa pesadilla. Que lo único que no perdieron es lo que, para ellos, ya menos vale: la vida.

Por su propia seguridad los llamaremos Pedro y Juan. No abordaremos detalles específicos y nos tomaremos algunas licencias en la historia para proteger sus identidades. Pero son dos historias reales de entre las decenas de casos que se cuentan en Reynosa.

Juan

Juan es comerciante. Tiene un negocio pequeño pero un grupo de amigos grande, y eso le ayudó a ir creciendo a buena ritmo. Es carismático, se relaciona fácilmente y así consiguió un buen número de clientes. Su comercio es 100% lícito y al paso de los años compró una casa mediana en un buen vecindario y un par de autos Civic, y después se hizo de dos terrenos. Forjó un patrimonio cómodo, pero no lujoso. Su perfil de vida se podía catalogar como clase media-alta.

Hasta que el crimen organizado puso sus ojos en él. Un día llegó un hombre a su negocio preguntando por el dueño. Al identificarse Juan como tal, el sujeto le comunicó que su jefe quería verlo. Juan se resistió a ir a hablar con alguien que no conocía, pero el sujeto fue lapidario: “El jefe te va a ver, quieras o no.”
Entraron al negocio un par de hombres con fusiles de alto poder y Juan tuvo que abordar una de las dos lujosas camionetas en que se desplazaban los hombres armados.

Así empezó a cambiar una vida.

“Me vendaron los ojos y me pasearon por la ciudad hasta que sentí que entrábamos en un camino de terracería. Las camionetas se detuvieron, me bajaron y me quitaron la venda apenas pasamos la puerta de la casa,” dice Juan.

“Entramos a un cuarto grande,” continúa Juan en su testimonio. “Vi muchas personas que tenían amarradas de pies y manos sentadas con la espalda a la pared. Había señoras y niños. En total debieron ser alrededor de 12 o 15 personas las que tenían allí, todas en silencio. Y había también hombres armados en la entrada del cuarto.”

Juan reconoce que no le hacía sentido que le quitaran la venda de los ojos en ese cuarto, pues le permitían ver a todas esas personas que también tenían cautivas. Después lo entendió. Era para que viera, él mismo, que la situación iba muy en serio. Era una forma de presión psicológica, una herramienta de terror.

Lo metieron a una pequeña oficina dentro de la misma casa. Era la oficina del jefe. Juan no recuerda mucho sobre las facciones de esa persona, ha preferido borrarlo de su mente por su propia seguridad, pero no olvida que lo que más le llamó la atención era el intenso olor de su perfume.


El aromático jefe fue muy conciso. Juan tendría que pagarle 5 millones de pesos o sería asesinado y desaparecido. Su familia no tendría ni siquiera un lugar a donde irle a llorar.

“Yo no tenía esa cantidad,” recuerda en su testimonio. “Es más, en el banco no tenía ni 300 mil pesos. Todo lo que tenía, eran mis propiedades.”

“Sabemos lo que tienes, Juan,” le increpó el jefe. “Queremos tu negocio, tus carros y tus terrenos. Quédate con tu casa.”

En los días siguientes, Juan fue escoltado por los delincuentes a oficinas para hacer el papeleo y poner sus propiedades bajo el nombre de una persona que los criminales le dieron, lo mismo que el traspaso de su negocio. Legalmente, Juan dejaba de ser el dueño. No habría nada qué hacer.

En unos días perdió el fruto del trabajo de muchos años pero, sobre todo, fue perdiendo su salud mental. Fue también perdiendo su visión del futuro cómodo que había vislumbrado para su familia.

Se convirtió en una víctima más del terror. Dejó de caminar por las calles, dejó de ir a lugares públicos. Se olvidó del cine, del partido de beisbol de Carlitos.

“Me quedé como en el limbo. Me sentía zonzo,” reconoce Juan. “Mi cabeza se volvió loca. Se me olvidaban las cosas más simples. Y también tenía un chingo de miedo hasta de cómo suena el motor de una camioneta, del timbre del teléfono, o sea, pendejadas de esas. ¡Imagínate! En la casa dejamos de contestar llamadas de números que no conocíamos. Cambiamos número, celulares ¡Todo!”

Pero a los dos meses los delincuentes regresaron. Querían más. De nueva cuenta, Juan fue subido a una camioneta y llevado a la oficina de un notario público para ser despojado legalmente de su último bien: la casa.

“Ahora sí. Oficialmente estaba bien jodido. Tenía muchos sentimientos en mí. Rabia, impotencia, culpa, tristeza, miedo. Mil cosas. No sabía qué hacer. Si mover algún contacto y buscar cobrármela. No sé.”

Lo que sí sabía Juan era que su familia había quedado, literalmente, en la calle.

No tenía nada más que perder y, por lo tanto, nada que lo atara a Reynosa. Al contrario. Tomó la decisión de irse “al otro lado.”

Con los casi 300 mil pesos del banco que, de alguna forma, había logrado conservar. Se marchó con su familia al valle de Texas. Pasaron con la visa que sólo les permite cruzar, pero no vivir ni trabajar en Estados Unidos.

Por lo tanto, Juan y su familia viven ilegalmente en territorio texano. Algunos de sus amigos lo apoyaron y ha podido conseguir trabajo con otros muchos tamaulipecos que han cruzado la frontera en busca de seguridad. A comenzar todo de nuevo.

Pedro

Pedro es otro testimonio del secuestro y la extorsión. Es otra crónica del despojo que lo ha dejado, dice, ya sólo esperando la muerte.

Es un profesionista que trabaja por su cuenta. Se mantiene soltero, sin hijos, y su única familia son sus hermanos.

Tenía un patrimonio importante que había heredado de sus padres y abuelos. Propiedades, ranchos, terrenos y dinero en el banco. Se podía considerar una persona adinerada que vivía con holgura aunque sin lujos ni ostentación.

Hasta que también un día fue levantado por una camioneta.

“Salía de mi oficina,” recuerda Pedro sobre aquel día. “Caminaba hacia mi coche y una camioneta tipo Tahoe o Denali blanca me cerró el paso. Bajaron de mi lado dos tipos y sentí un golpe muy fuerte en el estómago que me dejó sofocado. Me subieron y me pusieron una tela obscura en la cabeza.”

Lo llevaron a una casa dentro de la ciudad. Asegura que estaba sola y ahi lo tuvieron confinado unos días, atado de pies y manos, con alimentación precaria y defecando en el mismo lugar. “Peor que a un animal,” describe.

Como a los 4 días escuchó el sonido de varias camionetas llegando al lugar y un personaje entró a hablar con él. Se identificó como el hombre, decía, que “nomas sus huevos mandaban” en la ciudad.

“Semanas después, ya cuando terminó todo, ví una foto con la cara de este fulano en un cartel de los más buscados por el FBI. Hasta tenía recompensa y todo.”

Efectivamente era un personaje importante dentro de la jerarquía de las organizaciones criminales que operaban en Reynosa.

La propaganda de los carteles en pugna por el control de Tamaulipas ha consistido en deslindarse de los secuestros y las extorsiones, acusando a la organización rival de perpetrar esos ilícitos y esas violaciones, aseguran, a los códigos del narcotráfico.

Pero la realidad, basada en testimonios provenientes de muchas ciudades del noreste mexicano es que ambos carteles secuestran y extorsionan. No hay cárteles “buenos” y “malos” en esta guerra. Todos son la misma escoria.

A diferencia de Juan, a Pedro no lo dejaron libre. Lo mantuvieron secuestrado en esa casa por varias semanas, mientras sus hermanos se deshacían de patrimonio para pagar el rescate.

Pero, al igual que con Juan, a Pedro también lo “visitaron” un par de veces. A pesar de que pagaron rescate y Pedro fue liberado, semanas después lo volvieron a “levantar,” esta vez para quitarle más propiedades que le habían quedado a su nombre.

Aplicaron el mismo método de pasearlo por las oficinas de notarios públicos para poner el papeleo a nombre de terceras personas.

Para Pedro el proceso posterior ha sido diferente. Su semblante refleja coraje. Se rehusa a irse de la ciudad. No quiere saber nada de McAllen, Mission o San Antonio.

Pero hace su vida normal. Camina. Va al café. No tiene miedo, pues nada tiene ya por perder.

De lo pocos bienes que le quedaron lo de menor valor es, tal vez, su propia vida. No tiene miedo a perderla.

“Y ahora, ¿ya qué?,” acepta Pedro. “Me dejaron casi en la ruina, pero que chinguen a su madre. De mí ya no van a sacar nada.”

Abre la palma de su mano y muestra una píldora.

“La traigo conmigo todo el tiempo. El día que me quieran levantar me la tomo y adiós. A la chingada. Mejor muerto que seguir manteniendo esos cabrones.”

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