Fueron tres cajas las recibidas, en la primera había un dedo meñique; en la segunda, un anular, y en la tercera una oreja

“Al décimo día me dijeron: ‘¿La oreja o la vida?’”

Fueron tres las ocasiones en que Raúl recibió cajas muy pequeñas en la dirección de su negocio. En la primera había un dedo meñique; en la segunda, un anular, y en la tercera una oreja.

Cada uno de estos miembros pertenecían a su hermano Joel, quien fue secuestrado el pasado 26 de agosto y por quien los delincuentes exigían el pago de 10 millones de pesos para su liberación.

Las cajas las dejaban en la entrada del negocio, con la hija de Raúl, no sin antes decirle:
“Este es un regalito para tu papá”.


Desde el inicio Raúl entraría en contacto con la Unidad Especializada de Combate al Secuestro de Michoacán y a ellos les fueron entregando los miembros de su hermano mientras avanzaban las investigaciones. También entregó un video en el que Joel daba “fe” de su secuestro y rogaba por su vida.

Aquel domingo 26 de agosto a las 10:00 de la noche, Joel sintió una pistola en la sien y escuchó: “¡Ya te llevó la chingada, cabrón! Haz exactamente lo que te digo”.

Lo subieron a la parte trasera de un auto, con la cabeza agachada, a punta de golpes con la cacha de la pistola para someterlo. El auto avanzó a alta velocidad. Llegaron a una casa, donde Joel alcanzó a ver a una mujer de aproximadamente 20 años, quien estaba sentada en una silla. Volvió a agachar la cabeza, fue vendado y atado de pies y manos con cinchos.
“Estás secuestrado y nos vas a decir cuánto dinero tienen tú y todos tus hermanos”, escuchó y sintió la primera patada en la oreja derecha. Después recibiría muchos golpes más.

Joel explicó que vivía con su esposa, no tenía hijos, rentaba una casa por mil 200 pesos mensuales y un local de papelería por 2 mil 500 pesos. Dijo que no tenía dinero, que no era una persona solvente. Recibió más golpes y escuchó la instrucción de que estirara las manos. “ Yo podía ver un poco por abajo de la venda porque no estaba del todo apretada, vi una tijera grande como de cortar pollo y sentí cómo me cortaban el dedo meñique”, narró.


Después de esto recibió un poco de agua y algo de comer. Los interrogatorios continuaron y cada vez que decía no saber cuánto dinero tenían sus hermanos recibía más golpes, insultos y patadas.

A los dos días de perder su dedo meñique le cortaron también el dedo anular de la misma mano, la izquierda. “El dolor era insoportable, no quería que mi dedo se gangrenara. Podía ver mis venas cortadas y le rogué a un joven que estaba ahí —quien después supe que tenía 17 años—, que me hiciera una curación con Vick VapoRub, penicilina (sulfatiazol) y una hoja de yerbabuena (Joel conocía de primeros auxilios).

“Accedieron porque me necesitaban vivo para obtener el rescate. No por ninguna otra razón. No por humanidad. Eran ignorantes. Eran animales. No se les puede llamar personas. Yo no fumo, de vez en cuando me ofrecían un cigarro, lo fumaba. No quería comer. No pude dormir. Dormitaba una hora si acaso, siempre vendado, siempre amarrado de las manos y los pies.

“Al décimo día de cautiverio, el 8 de septiembre, la pregunta del que parecía el líder de la banda fue: ‘¿Tu oreja o la vida?’; y tuve que responder: ‘Mi oreja’”, recordó Joel.

Me colocaron vendas en la boca para que mis gritos no se escucharan, le subieron el volumen a la radio y me serrucharon la oreja con una cizalla para cortar varillas, con el argumento de que mi familia no quería “soltar billete”.

“El patrón dijo que el jueves estaría muerto si mi familia no entregaba los 10 millones de pesos. Yo no podía hacer nada. Sólo rezaba. Vi a Dios. Hablé con él. Dios me decía que resistiera. Quizá comencé a alucinar. No sé. Me dolía mucho el ojo. El joven que me cortó un dedo y la oreja se ponía marihuano para envalentonarse y poder cortarme.

El primer dedo me lo cortó su jefe. La muchacha me preguntaba si quería que ella me leyera pasajes de la Biblia. Le dije que sí. Me pedían que les cantara canciones que me sé. Así se pasaban las horas”, indicó.

“A las dos semanas del secuestro escuché que alguien tiraba la puerta del cuarto a patadas: ‘Somos de la Unidad Antisecuestros’, y gritaban mi nombre. Yo sólo les rogaba que no me mataran. Después supe que venían a rescatarme. Me desvendaron los ojos. Agarraron al joven de 17 y a la muchacha. Al pasar al lado de él le dije: ‘No es lo mismo tener secuestrado a que ahora te tengan en la cárcel’”, dijo.

Después de algunas semanas de haber sido liberado y de que su familia pagara 800 mil pesos, Joel considera que ese joven que le cortó sus miembros debería recibir una inyección letal y que sus órganos fueran “donados a otras personas que sí merecen vivir.

“Todavía el juez en una audiencia hablando de los derechos humanos de ese joven. Es el colmo, derechos humanos para una persona así, si es que se le puede llamar persona. Es del carajo que sólo reciba como pena máxima cinco años por ser menor de edad. En México no hay mano dura. Está muy mal”, resaltó.

“Faltan otros tres tipos, por lo menos, por agarrar de esa banda”, dice.
Actualmente Joel no se atreve a salir de su casa: “Sé que aún no agarran a todos los que me sometieron y tengo temor. Tengo también mucha tristeza. Nunca imaginé tanta maldad. Yo quedé marcado por el resto de mi vida.

Mientras tanto quiero que cada secuestrador que se agarre que también se le truene, sin piedad alguna y que sus órganos sean donados a gente que sí valora la vida”.

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