Nuevo Laredo; Marinos en Camionetas Civiles Cazan a Sicarios pero cometen confusiones

En esta ciudad del norte de México es la Santa Muerte y no los próceres de la patria los que te dan la bienvenida. Si llegas por el sur verás sobre la carretera una macabra e imponente estructura de 15 metros de altura color café, en lugar de un Emiliano Zapata montado en su caballo, o un Benito Juárez con la Constitución en sus manos.

La ‘Niña Blanca’ como también le llaman —una figura a la que narcotraficantes, homicidas, y delincuentes le rinden culto— se posa estratégicamente a un costado de la carretera Monterrey-Nuevo Laredo con los brazos extendidos para “vigilar” quién entra y quién sale del lugar.

La efigie que te recibe parece una advertencia. Está ahí para que los foráneos sepan a dónde están entrando y quién controla el lugar. No te reciben los sicarios, pero sí quien los cuida. Ahí ‘la maña’ lo controla todo, y da la sensación de que la mirada de la Santa Muerte te perseguirá desde que te internas en la urbe.

Cuando avanzas sobre la avenida principal te das cuenta que Nuevo Laredo, una metrópoli con cerca de 400.000 habitantes, es la ciudad del silencio. Sólo a veces, el mutismo es interrumpido por el agudo rechinido que producen las llantas de lujosas camionetas sobre el pavimento.

Los habitantes de esta ciudad que colinda con Texas saben, ven y callan, pero no hablan: es un instinto. Así aseguran vivir un día más; o al menos eso dicen.

La Santa Muerte te recibe en Nuevo Laredo

Nuevo Laredo es la primera línea de fuego en una guerra de todos contra todos por el control de “la plaza”. Es complicado precisar si los cárteles están luchando entre ellos; si son células de un mismo cártel las que se balacean una a otra; o si son las fuerzas federales las que los enfrentan.

“En la guerra todo se vale”, dice una popular frase: aquí también. Los códigos bélicos quedaron rebasados y esta ciudad, como todas en Tamaulipas, se ha convertido en una trinchera gigante, en cuyo interior hay cientos de víctimas, de ejecuciones, de desapariciones, de torturas y de mutilaciones. Pero nadie dice nada.

Transitar en coche por las calles de la ciudad significa subir las ventanas en cada semáforo —a pesar del calor que supera los 30 grados— debido a la desconfianza que generan las lujosas camionetas Lincoln Navigator o Range Rover con vidrios polarizados que frenan a tu lado.

Es común ver vehículos sin placas conduciendo por la avenida Reforma que atraviesa la ciudad o por la Luis Donaldo Colosio que corre paralela al Río Bravo, que a su vez marca la frontera natural entre México y Estados Unidos. Es lógico que las leyes viales no sean respetadas: sólo hay dos patrullas de tránsito por turno para vigilar toda la ciudad. Ningún agente se atreve a multar a los conductores.

La policía municipal no existe desde el 1 de abril de 2013, fue sustituida desde entonces por el Ejército Mexicano, la Marina Armada y la Policía Federal. La policía estatal es casi nula, fue reemplazada por Seguridad Tamaulipas, una corporación creada con elementos del ejército.

‘Aquí así vivimos, bajo un régimen terrorista’.

El polvo cubre la mayoría de las solitarias calles, sólo en unas pocas plazas comerciales se ve a familias haciendo compras, y la Marina resguarda con vehículos artillados y armas de alto poder el perímetro donde los ‘neolaredenses’ van a distraerse un poco.

En los restaurantes debes comer sin llamar la atención. Palabras como “narco”, “zetas”, o “cártel” están prohibidas en las charlas de lugares públicos, nadie se refiere al Cártel de Los Zetas o al Cártel del Golfo por su nombre, les dicen “la maña” en referencia a los “mañosos” que los integran, “la gente”, “los de la letra”, o “los malandros”.

La cautela es una regla de oro. No debes hablar con un volumen alto porque no sabes si algún narco te escucha, pero tampoco con un tono muy bajo, porque resulta sospechoso.

La colonia donde vivía Neiser, una de las más pobres de la ciudad

A las pocas horas de estar en Nuevo Laredo aprendes a actuar como sus habitantes, a fingir que no pasada nada, a voltear a otro lado cuando crees que un sicario es el comensal sentado junto a ti. Aprendes a ignorar el régimen de terror en el que viven. “Aquí así vivimos, bajo un régimen terrorista” nos dirá un neolaredense.

Kendra Solanch crecerá, vivirá y se educará bajo ese régimen. Tiene apenas tres años. Su padre fue asesinado cuando ella tenía uno y medio. Sabe que su ‘papito’ está con Jesucristo pero confía en que el señor de pelo largo y barba desaliñada que ve en las imágenes de su casa le deje volver a verlo pronto. Su nombre era Neiser Cámara Lindo.

Neiser era el mayor de tres hermanos y murió a los 25 años. Fue bautizado con ese nombre porque su mamá era fan de un jugador de beisbol de los Bravos de Atlanta con ese nombre.

Además del ‘rey de los deportes’ a Neiser le gustaba el futbol, su equipo favorito eran las Águilas del América. Disfrutaba escuchar canciones de La Arrolladora y de los Cardenales de Nuevo León. Era un muchacho alegre, pero no vago dice su madre. Le gustaba jugar a las cartas y a la Play Station.

La tarde del 11 de marzo de 2015, Neiser, padre de cuatro hijos, pidió a sus amigos del barrio acompañarlo por la leña que horas antes había cortado con su papá en el monte, pero que había tenido que dejar allá por falta de un vehículo para transportarla a su casa. La venta de leña es una actividad que sostenía a su familia: a Montserrat, su esposa, y a los tres hijos de ella —de seis, cinco y cuatro años— que él había adoptado como suyos.

Varios de sus amigos aceptaron y después de las seis de la tarde se subieron, junto con Jorge Alberto, padre de Neiser, a una camioneta pick-up propiedad de uno de ellos. Se dirigían a un monte que quedaba a menos de una hora de camino, cuando a los 15 minutos notaron que dos camionetas los seguían muy de cerca.

“Déjalos pasar”, dijo Jorge Alberto, el padre de Neiser. El conductor bajó la velocidad y se orilló a su izquierda, pero las camionetas no les rebasaron. El miedo se apoderó de los ocupantes: creían que los narcos los seguían. Decidieron acelerar y sus perseguidores hicieron lo mismo.

Tomaron la carretera que va a Ciudad Anáhuac y dieron vuelta a la izquierda en la que baja a Reynosa. A medida en que el velocímetro se cargaba a la derecha, las dos camionetas que los perseguían se aproximaban.

‘¿Su confusión me va a devolver a mi hijo?’

Jorge Alberto tomó una decisión: resguardarse en una línea de tráileres, una especie de estacionamiento amplio donde los choferes dejan las cajas de sus camiones aparcados en varias filas. Al ingresar a la línea dejaron de ver las camionetas que los perseguían. El vehículo se escabulló serpenteando entre las decenas de compartimentos de los tractocamiones para asegurarse de haber perdido a quienes los seguían.

De pronto, al dar vuelta para salir de la línea los encontraron de frente. Neiser, su padre y sus amigos no supieron qué hacer. Los hombres de las camionetas comenzaron a dispararles directamente con armas largas, según narra Jorge Alberto.

El chofer trató de esquivar las balas que arreciaban contra la pick up en intentó huir por la parte trasera de la línea cubierta sólo por una malla de alambre, la cual rompió con el vehículo. Alfonso, uno de los amigos de Neiser cayó, y 40 metros adelante la camioneta quedó atascada en una zanja. Los disparos continuaron y los amigos de Neiser decidieron escapar corriendo. Su papá estaba a punto de correr cuando escuchó la voz de su hijo herido dentro del vehículo: una bala lo había alcanzado.

Jorge Alberto levantó la camisa de su hijo y notó que tenía un disparo en el torso del lado izquierdo a la altura de las costillas, fue inútil tratar de reanimarlo para que escapara, los agresores se acercaban cada vez más. Neiser sabía que iba a morir, le pidió a su papá que cuidara a su familia a su esposa, a sus hijos y sobre todo a su madre.

Jorge Alberto y Maria del Carmen, padres de Neiser, sostienen la foto de su hijo asesinado

Fueron segundos de incertidumbre para Jorge Alberto, no sabía quién y por qué los agredían, no podía dejar a su hijo muriendo ahí a merced de las ráfagas de metralleta, pero sabía que si se quedaba una bala también lo alcanzaría. En ese momento se dio cuenta que las personas que habían disparado contra ellos portaban chalecos de la Marina Armada de México y traían el rostro cubierto para evitar ser identificados. No tuvo otra opción, corrió entre el monte sin Neiser.

Casi 100 metros adelante, optó por tirarse al suelo y cubrirse con la maleza del lugar, se echó tierra encima para tratar de pasar desapercibido. Eran aproximadamente las 7:30 de la noche.

Casi de inmediato dos helicópteros comenzaron a sobrevolar el área, Jorge Alberto vio que uno era de color azul y otro de color gris con la palabra “MARINA” en la panza de la aeronave. Ambos helicópteros dispararon durante varios minutos desde el aire. Las balas caían a sus costados pero ninguna le dio. Después de dos horas salió rumbo a su casa.

Dos de los jóvenes que lograron escapar de la balacera ya habían avisado a María del Carmen, mamá de Neiser, lo ocurrido. Le dijeron que su hijo y esposo estaban heridos en la línea.

María del Carmen, Montserrat y una de sus vecinas, acudieron inmediatamente el lugar. Al llegar los elementos de la Marina les impidieron el paso. “¡No pueden estar aquí, váyanse!”, les dijeron a las tres mujeres, pero ellas insistieron en saber qué había pasado con sus familiares.

Los elementos de la Marina, dice María del Carmen, al darse cuenta que uno de los asesinados era mi hijo y al ver que no íbamos a irnos hasta que nos informaran por qué lo habían matado, nos insultaron, nos sometieron y amagaron con matarme, con mi nuera hicieron lo mismo, a la vecina que nos acompañó la tiraron al suelo. Nos preguntaron que dónde teníamos las armas.

Jorge Alberto señala: “Las únicas ‘armas’ que traíamos eran un machete y una motosierra que usamos para cortar la leña. Cuando vimos el cuerpo de mi hijo muerto, presentaba dos impactos de bala, pero cuando yo lo dejé sólo tenía uno, el otro fue directo a la cabeza, como si se tratara de un tiro de gracia”. María del Carmen lo interrumpe y asegura que uno de los marinos confesó que ellos habían matado a Neiser: “‘Nosotros sí fuimos, pero no tuvimos la culpa: los confundimos con otro tipo de personas’. A mí me confirmó un marino que ellos habían sido”.

—¿Su confusión me va a devolver a mi hijo? —pregunta María del Carmen sabiendo la respuesta.

Ahora Kendra Solanch está bajo el cuidado de sus abuelos. Tiene tres años y el siguiente ingresará al kinder. Alfonso, el amigo de su papá que cayó de la camioneta, también fue asesinado.

El caso de Neiser quedó asentado en el expediente AP/PGR/TAMPS/NL-I/1308/2015 de la Procuraduría General de la República, del cual VICE News tiene copia, y en una queja ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) con folio 26548, por ejecución extrajudicial.

La Secretaría de Marina también tiene conocimiento del mismo. Se solicitó entrevista con la institución a través del contralmirante Benjamin N. Mar Berman, jefe de la unidad de Comunicación Social de la dependencia. La Marina respondió mediante un correo electrónico: “No se le puede dar respuesta a su requerimiento, toda vez que la información referente al caso, se encuentra integrada en una Averiguación Previa bajo resguardo de la Procuraduría General de la República. Y al proporcionar información de esta, estaríamos violando la Ley General de Transparencia y Acceso a la Información, la cual señala que la información contenida en una averiguación previa, es de carácter reservado”.

El Comité de Derechos Humanos de Nuevo Laredo, organización que acompaña el caso, envió una carta al presidente Enrique Peña Nieto, a Miguel Ángel Osorio Chong, secretario de Gobernación, y a Vidal Soberón Sanz, secretario de la Marina, para que tomaran cartas en el asunto. Ninguna de las tres instituciones ha respondido sobre los hechos. Y la CNDH no ha concluido su investigación el caso.

‘Las fuerzas armadas no son juzgadas por las violaciones que cometen’.
Raymundo Ramos, presidente del Comité de Derechos Humanos de Nuevo Laredo señala que la impunidad ha permitido que las fuerzas armadas cometan este tipo de violaciones a los derechos humanos.

“Si el presidente de la República es el comandante supremo de las fuerzas armadas les ordena que salgan a las calles a hacer funciones de seguridad pública, es el responsable de que no investiguen los abusos”, explica.

—¿Es posible que los marinos hayan confundido a Neiser con narcotraficantes?

—Pudo ser una confusión, pero este tipo de casos ocurren de manera sistemática. Las fuerzas armadas no son juzgadas por las violaciones que cometen, y las víctimas, por temor, no denuncian. Desde 2011 hemos documentado 24 ejecuciones extrajudiciales cometidas por elementos de nuestras instituciones armadas y en sólo un caso han sido juzgados cuatro marinos. Todos los demás han quedado impunes.

Raymundo Ramos dice que la violencia ha bajado en los últimos años, debido a que los grupos del narcotráfico quedaron desgastados por sus luchas internas. “El punto más alto en el nivel de intensidad de la ‘guerra’ fue en 2010, ahora tendremos un 30 por ciento menos de violencia”.

Pero no todos coinciden con Raymundo.

La línea de tráileres, el destino final de Neiser
“Aquí no se cumplen 10 años de la guerra contra el narco, la guerra para los que vivimos en Nuevo Laredo empezó mucho antes”, dice Diego, un habitante de la ciudad que omite su verdadera identidad; y luego advierte: “pero si alguien me escucha que le digo esto a la prensa me matan”.

Tampoco podemos revelar la profesión de Diego, pero él cuenta cómo “la maña” se ha apoderado casi por completo de la vida social, política y económica de la urbe. Puestos de piratería, tráfico de migrantes, antros, obras públicas, publicaciones en periódicos, todo es controlado por el Cártel del Noreste, una escisión de Los Zetas en Nuevo Laredo.

—¿Cómo controlan a la prensa?

—Ellos redactan las notas, mandan las fotos y los editores deben de publicarlas en portada sin ningún cambio, de lo contrario “la maña” se enoja. No hay necesidad de sobornar a los periodistas, con el puro miedo, los narcos los obligan a publicar lo que ellos quieren, lo que al cártel le conviene. Ustedes, por ejemplo, supongo que lograron entrar a la ciudad porque son prensa internacional, pero la local está amarrada de manos, por eso se conoce muy poco de lo que pasa aquí.

—¿Y las fuerzas de seguridad no garantizan la protección de la ciudadanía?

—No que va, muchos de sus elementos trabajan con el narco. Incluso algunos medios han publicado que elementos de la Marina o el Ejército trabajan para el Cártel del Golfo. Aquí no hay en qué o en quién confiar. Desde el 2004 que arreció la violencia en nuestra ciudad tuvimos que aprender a convivir con ella, a llevar nuestra vida de la manera más tranquila posible sin meternos en problemas y respetar los códigos que imponen los grupos armados de delincuentes y del gobierno.

—¿Cuál podría ser la solución para que Nuevo Laredo pueda vivir en paz?

—La llegada de los Casos Azules de la ONU. —Parece una respuesta sarcástica pero no lo es.

Laredo, Texas, visto desde Nuevo Laredo, Tamaulipas. El Río Bravo forma una frontera natural entre México y Estados Unidos

En el libro Las Venas Abiertas de América Latina —una de las obres cumbres de la literatura latinoamericana que Hugo Chávez regaló a Barack Obama— el escritor uruguayo Eduardo Galeano escribió: “…los latinoamericanos somos pobres porque es rico el suelo que pisamos y los lugares privilegiados por la naturaleza han sido malditos por la historia. En este mundo nuestro, mundo de centros poderosos y suburbios sometidos, no hay riqueza que no resulte, por lo menos, sospechosa”, la frase podría explicar por qué Nuevo Laredo no ha podido escapar a la violencia desde el siglo pasado.

La ciudad es rica por su posición geográfica, y esa ha sido su maldición. Nuevo Laredo, conocido también como “La Puerta de las Américas”, se ubica justo a la mitad de la frontera sur de Estados Unidos, una joya para el contrabando de mercancías que conecta con las principales autopistas que llegan a las ciudades del norte estadounidense así como a las costas Este y Oeste.

Desde principios de los años 30, Juan Nepomuceno Guerra, inauguró una era de contrabando, traficando con whiskey hacia los Estados Unidos en la época de la prohibición. Aunque nunca se le comprobaron delitos a él se le considera el fundador del Cártel del Golfo.

Nepomuceno murió en año 2001, y en el 2015 —aunque parezca increíble— el exgobernador Egidio Torre Cantú inauguró una calle en la ciudad de Reynosa con su nombre.

Juan García Abrego, sobrino de Nepomuceno Guerra, fue el Vito Corleone de la región durante los años 80, en que comenzó a traficar droga colombiana a Estados Unidos; pero fue arrestado en 1996.

Después de varias disputas, Osiel Cárdenas Guillén se convirtió en la cabeza y mandamás del Cártel del Golfo. Para su protección contrató a militares de élite que el gobierno había formado en el contexto del alzamiento indígena del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Esos soldados desertaron del ejército para formar parte de las filas de la guardia personal de Osiel.

‘En Nuevo Laredo hay una paz mafiosa’.

Cárdenas Guillén fue detenido en Matamoros, Tamaulipas, en 2003 y extraditado a Estados Unidos, en enero de 2007. A partir de su traslado a una prisión estadounidense, su grupo seguridad llamado Los Zetas empezó a trabajar en solitario y se enfrascó en una guerra contra sus antiguos socios del Cártel del Golfo.

Actualmente los reportes de prensa señalan que Los Zetas se han dividido: mientras en Ciudad Victoria, capital del estado, funcionan bajo el nombre de Los Zetas Vieja Guardia, en Nuevo Laredo, se autodenominan Cártel del Noreste.

“En Nuevo Laredo hay una paz mafiosa” dice Guadalupe Correa-Cabrera especialista en temas de narcotráfico de la Universidad de Brownsville, Texas. Además comenta que en México hay una falta de estado de derecho y una vinculación del Estado con los criminales.

En esta guerra, explica, no sabemos quién es quién. En Tamaulipas ya no se libra sólo una guerra entre Los Zetas y El Cártel del Golfo, es más complejo que eso. “No sabemos tampoco quiénes son los ‘buenos’ y quiénes son los ‘malos’. Y en medio de esta guerra quedó la sociedad civil de Nuevo Laredo”.

Según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública desde el 2011 —sólo hay datos a partir de este año a nivel municipal— hasta la fecha en Nuevo Laredo se han registrado 703 homicidios dolosos, 743 desapariciones, 70 secuestros y 188 casos de extorsión denunciadas. Los peores años, en todos los casos han sido el 2012 y 2013.

Los neolaredenses se han acostumbrado a la violencia diaria
“Nadie sabe lo que pasa aquí, no hay cobertura mediática nacional. Las actividades ilegales continúan pero las autoridades no actúan. La gente de la ciudad está muy cautelosa reconociendo que Nuevo Laredo es propiedad de estos grupos criminales sin saber realmente quiénes son. Pero nadie se atreve a denunciar”, dice Correa-Cabrera.

La droga, agrega, sigue pasando a Estados Unidos y los migrantes siguen pagando cuotas al crimen organizado, y esto no sólo ocurre en Nuevo Laredo, también en Reynosa, Tampico, Ciudad Victoria y Matamoros, las ciudades más importantes del estado.

Rubén es otro ciudadano de Nuevo Laredo, que acepta hablarnos sobre la vida en su ciudad a condición de no poner su nombre. Cuenta que a diferencia de los viejos capos norteños entrenados con disciplina en el arte de la guerra, los de ahora no tienen una “capacitación delictiva”.

“Son muy jóvenes, no pasan de los 30 años. Su expectativa de vida es corta y su escolaridad lo es aún más. Están desorganizados, no saben lo que es manejar una empresa criminal, controlan con el miedo, pero no son ni siquiera responsables con las actividades criminales que realizan”.

—¿Ya no son sicarios desertores del ejército?

—No. Imagínate, ha habido ocasiones en que [los líderes] no tienen con qué pagar la nómina de sus matones. Entonces para que sus trabajadores no se enojen por la falta de pago “la maña” les da permiso de asaltar tiendas de autoservicio o robar a transeúntes libremente. Y así recuperar parte de su sueldo.

—¿Cuánto gana la gente que trabaja para ellos?

—Unos 3.500 pesos [175 dólares] cada quince días. Pero también hay una especie de sicarios freelance que por ejecución les pagan más o menos lo mismo.

—Diego, ¿hay alguna cosa que te guste de tu ciudad?

—Sí. El atardecer.

—¿Y a ti, Rubén?

—Lo único que me gusta es el puente que nos conecta con Estados Unidos.

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