AQUÍ ES EL “SEMILLERO de NIÑOS SICARIOS”

Tamaulipas ocupa el primer lugar en consignación de menores de edad portadores de pistolas, rifles de asalto y granadas, además de delitos contra la salud. Aunado a ello, esta entidad del norte del país ocupa el segundo lugar en homicidios de la población de 15 a 17 años. 

Del 1 de enero de 2006 al 31 de octubre de 2014, un total de 202 menores tamaulipecos fueron consignados por algunos de los delitos arriba mencionados, reveló la Procuraduría General de la República (PGR) en respuesta a una solicitud de información hecha por EL UNIVERSAL.

De ellos, 107 niñas y niños fueron acusados de disparar rifles de alto calibre o poseer explosivos. Por delitos contra la salud, en la modalidad de posesión y comercio de sustancias ilícitas, se comprobó la participación de 93, y dos más por delincuencia organizada. 

En el segundo lugar está Baja California, estado que tiene 196 consignaciones. De ellas, sólo 36 casos son por menores de edad con armamento y 160 por ilícitos contra la salud, en la modalidad de posesión. En este último rubro, Chihuahua ocupa el tercer sitio, con 60 consignados, y Coahuila, con 58 menores llevados ante el juez por los delitos referidos. 

Respecto a la tasa de mortalidad por homicidio en chicos de 15 a 17 años, Tamaulipas sólo es superado por Chihuahua, según estimaciones de la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim). A partir de la base de datos del Sistema Nacional de Información en Salud de la Secretaría de Salud federal, en este estado del norte de México fueron asesinados 53 menores por cada 100 mil habitantes. De 2000 a 2012 se registraron 253 homicidios de este tipo. El número de casos tuvo el primer pico en 2006, con 26 homicidios. En 2012 fueron asesinados 98 jóvenes de entre 15 y 17 años. 

El informe Cruce de fuego: niños, niñas y adolescentes en el narcotráfico mexicano sostiene que a partir de 2006, 43 mil menores de edad mexicanos fueron reclutados por los cárteles de Los Zetas, de Sinaloa, La Mara Salvatrucha y la M18. En el documento referido, el investigador ecuatoriano experto en estudios sociales, Norberto Emmerich, afirma que la Redim documentó que al menos 30 mil menores mexicanos están involucrados forzosamente en algún grupo delictivo con diversasactividades ilícitas. 

Así, Tamaulipas, Baja California y Chihuahua son las canteras de la delincuencia organizada donde reclutan más infantes para convertirlos en sicarios. 

Por el contrario, una de las entidades con menos problemas con los menores es Tlaxcala, apenastiene 10 averiguaciones previas y ni una sola consignación por delitos federales. Otro ejemplo es Morelos, con 24 averiguaciones previas y tres consignaciones por portación de armas y explosivos. Las investigaciones restantes son por delitos contra la salud, en la modalidad de posesión. 

Sombra de duda
El día que Rony, de 14 años, cayó herido de bala a 100 metros de su secundaria, ya habían ejecutado a por lo menos 100 personas en Tampico en un breve periodo. Él y su vecino Raymond salieron de clases y pararon un taxi, eran las 14:00 horas. Antes de subir al vehículo una ráfaga de AR-15 los tiró en la acera. El chofer quedó recostado sobre el volante. Maltrecho. 

Minutos después del ataque, en Twitter apareció una fotografía que mostraba a un niño vestido con uniforme color caqui ensangrentado del hombro derecho, tendido en una banqueta de la calle Juan Aldama de la colonia Morelos, un barrio popular y bravo del sur de Tamaulipas, ubicado a menos de un kilómetro de la frontera con Veracruz. Una zona peligrosa porque forma la diminuta franja que separa a los grupos antagónicos; del lado tamaulipeco, el Cártel del Golfo, y del contrario, Los Zetas. 

Las ambulancias tardaron en llegar por los heridos. El protocolo de seguridad en casos de balaceras les impide atender inmediatamente. Arriban hasta que los militares acordonan el área del delito. Media hora después del ataque, Rony, Raymond y el taxista Ricardo ingresaron al Hospital General Doctor Carlos Canseco. En los quirófanos se operó a los tres. Afuera, en los pasillos de terapia intensiva, policías y militares montaban guardia. 

El sábado 5 de abril de 2014, en Tampico, Ciudad Madero y Altamira se desató una guerra entre dos de las 12 células del Cártel del Golfo. Poco más de un centenar de hombres y mujeres fueron levantados, torturados, acribillados, ejecutados, desmembrados. Algunos cuerpos fueron colocados al lado de cajas de fresas —firma de uno de los grupos en pugna—. Otros aparecieron degollados con mensajes escritos en cartulinas. Todos fueron exhibidos en imágenes fijas o videos que circularon por internet. El terror se propagaba sin freno. 

Desde la segunda jornada de plomo el alcalde tampiqueño Gustavo Torres Salinas hizo un llamado a la población para que se tranquilizara. “Es un ajuste de cuentas entre ellos”, dijo en conferencia de prensa. 

Ya en 2010 se había vivido un episodio similar. En ese año, la ruptura del Cártel del Golfo provocó una guerra entre el brazo armado a cargo de Heriberto Lazcano Lazcano y la familia de Osiel Cárdenas Guillén. Durante meses los sicarios se pelearon colonias, asesinaron a enemigos, quemaron negocios, mataron inocentes. El horror del narcotráfico estaba de vuelta. Lo sabían los padres, los abuelos. 

El fatídico día

El 25 de junio de 2014, cuando transcurría ya el día 81 de la guerra, los estudiantes de la escuela Carolina Balboa Gojón supieron que Tampico era un campo de muerte. Ese día, tras el ataque, en el área de urgencias del hospital las familias de Rony, Raymond y Ricardo lloraban y rezaban. El director de la escuela, Víctor Hugo Doria Saucedo, las acompañaba. 

El responsable de la clínica, Luis Eduardo Pérez, informó: Rony Ubaldo Aguilera Téllez tiene una bala alojada en la cabeza; Raymondo Loredo del Ángel, heridas en hombro y tórax. El taxista Ricardo Martínez recibió tres disparos, el más grave le dañó riñón, intestinos y columna. 

“Son unos alumnos muy tranquilos, muy comprometidos con la escuela, buenos muchachos. No hay ninguna cosa que podamos mencionar negativa. Excelentes muchachos los dos. Rony en tercero [grado] y Raymond en segundo año. Aquí hemos estado y los maestros están pidiéndole mucho a Dios que nuestros alumnos se mejoren. Son parte nuestra, son parte de nuestra comunidad”, dijo el profesor, quien fue el único que accedió a hablar. 

A los dos días de hospitalización la palabra que más se repetía era milagro. El director de Educación en Tampico, Rolando Río Neri, llamó a los 179 directores de escuelas a suspender las graduaciones y así evitar riesgos. 

A la par, el coordinador de seguridad federal de la zona Costa, vicealmirante Fernando Arturo Castañón Zamacona, declaró que todos los heridos y asesinados en los 83 días de enfrentamientos tenían relación con el crimen. 

“Tristemente ha habido algunos menores de edad y personas mayores, adultos mayores, que han sido ejecutados por los mismos delincuentes. Todos son personas civiles, pero todas, de una u otra forma, han estado relacionadas con la delincuencia organizada”, enfatizó el comandante de laPrimera Zona Naval en entrevista. 

Al día siguiente, el secretario de Seguridad Pública de Tamaulipas, general Arturo Gutiérrez González, visitó Tampico. “Con lo de los jóvenes, creo que ese tipo de eventos sólo evidencian que el tejido social se ha ido deteriorando. Hay que cuidar más a nuestra juventud”, dijo. 

El milagro no ocurrió. El martes 1 de julio por la tarde Rony murió, tras 159 horas de agonía. El miércoles, a las cero horas, llegó en un ataúd a su casa. Entró a la colonia Moscú sin poder ver a los cientos de personas que abarrotaron las calles Estero y Sol para recibirlo. “Yo rezo y he ido a velorios, pero es una cosa exagerada. Es porque Rony era famoso, buen muchacho. Amigo de mi hijo en la escuela”, dice una señora. 

Decenas de adolescentes salen y entran de la casa azul. Se paran afuera, se miran y hablan poco. Un joven de camisa azul y corte escolar está de pie con una cara larga, de piedra. No comprenden que Rony haya muerto. La muerte de un chico de 14 años no es natural, dicen. 

Se instala el silencio

En la Moscú, la colonia que habitó Rony, la creciente del río Tamesí se desliza, año con año, por las calles de este sector ribereño hasta inundar las casas. Cada 12 meses los infantes acompañados de sus abuelos se mudan al albergue para no andar entre las víboras o cocodrilos que se ocultan en el agua. 

Hoy, las familias Aguilera y Téllez no buscan a los responsables, no quieren hablar con los reporteros ni juzgan el hecho que provocó la muerte del chico. “No es ninguna injusticia. Se hizo lo que se hizo y ya”, dice uno de los tíos. 

Una jovencita sale de la casa azul. Se abraza de un muchacho. La cantidad de niños que ingresa no es la natural para un velorio. Unas 200 personas despiden a Rony. 

El panteón está lleno de niños y jóvenes. A lo lejos del mausoleo, seis muchachos vestidos con camisas Polo platican en voz baja. Uno de ellos luce un arete en su oreja derecha. El ataúd es colocado en la boca del foso. Cuatro jovencitas miran al fondo con susto. Decenas de choferes de la ruta Morelos-Moralillo-Moscú acarrean arreglos florales. Los padres, tíos y abuelos de Rony resisten al pie del sepulcro. 

El sepulturero se abre camino entre la gente. El ataúd baja. Una de las cuatro jovencitas mira al fondo, sujeta con fuerza una flor y un globo blanco. Desde el 25 de junio los familiares no quieren saber quiénes son los responsables. 

Han pasado nueve meses desde el entierro. Ricardo quedó paralítico. Raymond se recuperó de las heridas; trata de sobrevivir al fantasma de su amigo. Sobre el caso, la Procuraduría General de Justicia de Tamaulipas sólo informó que, según sus indagatorias, Rony fue ejecutado. Era un delincuente, comentan agentes del Ministerio Público que aceptan hablar del caso, pero piden ocultar su identidad. “Iban por él”, dicen. Argumentan que las pruebas periciales —ángulo de tiro y modus operandi— arrojan ese resultado. Pero la investigación está reservada. 

Dos figuras de balones adornan la lápida de Rony en el panteón municipal de Tampico. En la vitrina hay un retrato del niño en una motocicleta y una moto de juguete de la que cuelga un casco. Una escena de su infancia lo acompañará entre el silencio de los suyos y del gobierno.

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