Lucha contra el narco; Combatiendo terror con terror

A pesar de que la guerra entre las Fuerzas Federales y grupos del crimen organizado no es reciente, sí puede marcarse como nuevo punto de arranque en esta lucha la emboscada contra soldados ocurrida en septiembre pasado en Culiacán. 

A partir de entonces, las fuerzas armadas decidieron ir con todo contra aquellos que participaron (y contra los que, por omisión, también fueron responsables) en dicha emboscada en la que murieron 5 soldados y 10 más resultaron heridos. Operativos en Culiacán y en la zona serrana, decomisos, detenciones, destrucción de sembradíos de marihuana fueron algunas de las acciones con las que la Sedena pretendió mandar un mensaje a los grupos criminales. 

Sin embargo, estos han reaccionado con la misma intensidad con bloqueos carreteros, enfrentamientos en distintas comunidades y acciones como la de arrojar cadáveres desde avionetas que ponen de manifiesto el poder con el que cuentan. En medio de ambos grupos, la ciudadanía permanece indefensa, alerta ante cualquier peligro repentino que trastoque su rutina cotidiana y ante lo cual, solo queda tirarse al suelo y esperar que todo acabe pronto.


La madrugada del 30 de septiembre de 2016 una célula criminal emboscó a un convoy de militares que custodiaba una ambulancia de la Cruz Roja que trasladaba a Julio Óscar Ortiz Vega, El Kevin, quien había resultado herido luego de un enfrentamiento entre células antagónicas en la comunidad de Bacacoragua, Badiraguato. Eran las 3.45 horas cuando el convoy ingresó a Culiacán por la Carretera México 15. De pronto, desde varias direcciones, los soldados fueron atacados con armas de grueso calibre y granadas que incendiaron las dos camionetas Hummer en las que viajaban los elementos del Ejército Mexicano.

De acuerdo con el parte oficial que el comandante de la Tercera Región Militar, Adolfo Duarte Mujica, leyó horas más tarde ante los medios de comunicación, en el convoy iban 17 soldados que acompañaban a la ambulancia puesto que en Badiraguato no pudieron atender a El Kevin debido a la gravedad de las heridas. Sin embargo, al ingresar a la ciudad por la zona norte, alrededor de 70 sicarios les salieron al paso. El factor sorpresa jugó a su favor y lograron abatir a 5 soldados y 11 más resultaron heridos, entre ellos, el chofer de la ambulancia que recibió una bala en la cadera.

Los sicarios lograron hacerse con la ambulancia y rescataron a El Kevin, quien fue asesinado en marzo pasado y su cadáver abandonado en el estacionamiento de un centro comercial en Navolato.

La venganza de la Sedena

Tras estos hechos, que enardecieron los ánimos dentro de la Sedena, la capital sinaloense y la zona serrana central del estado empezó a experimentar un intenso operativo militar para dar con los responsables de la emboscada. Llegaron a Culiacán cientos de policías federales, se enviaron más contingentes de soldados y pronto empezaron a darse a conocer los nombres de los involucrados. Se produjo, incluso, un duelo de declaraciones entre el gobierno del estado y las distintas corporaciones policiacas con la Sedena pues estos últimos aseguraban que las peticiones de apoyo de los soldados durante el enfrentamiento no fueron atendidas por ningún cuerpo policial.

Fue así que la tarde del 10 de octubre, militares del Cuerpo de Fuerzas Especiales de la Sedena “tomaron” las instalaciones de la Policía Ministerial en Culiacán y no dejaron salir a nadie durante varias horas. A las afueras del inmueble, decenas de soldados apostados a ambos lados de las calles custodiaban el paso de automóviles. En esa operación, los soldados interrogaron a los policías ministeriales, les decomisaron sus teléfonos celulares y revisaron el armamento con el que contaban. Dos preguntas se les hicieron a todos: ¿dónde estabas al momento de la emboscada y por qué no atendiste las peticiones de auxilio de los soldados?

Como parte del operativo para vengar la muerte de los militares caídos el 30 de septiembre, se detuvo a miembros del crimen organizado en la sindicatura de Jesús María, al norte de Culiacán, además del aseguramiento de ranchos, casas, automóviles, armas de grueso calibre, celulares, joyas. Se realizaron rondines en la zona serrana, se destruyeron sembradíos de marihuana y se decomisaron varias toneladas de droga. A partir de los interrogatorios de los detenidos, los nombres de los presuntos responsables de la emboscada empezaron a surgir, uno tras otro.

Entre los responsables ubicados por la Sedena se encontraba Francisco Javier Zazueta Rosales, alias Pancho Chimal, de 31 años, a quien se le consideraba como líder de Los Chimales, un brazo armado al servicio de la célula del Cártel de Sinaloa comandada por los hijos de Joaquín Guzmán Loera. La búsqueda de Pancho Chimal se dio a lo largo de varios meses. Pero no fue sino hasta febrero pasado cuando lo ubicaron en un domicilio de la colonia Acueducto, en Culiacán. El 18 de ese mes, en un operativo conjunto entre agentes de la PGR, la Sedena, la Policía Federal y la Marina Armada de México integrado por decenas de autos y un helicóptero, fue detenido en el interior de una vivienda y trasladado de inmediato a las instalaciones de la delegación de la PGR en Culiacán. En la casa del detenido, fueron asegurados dos millones de pesos en efectivo, armas de grueso calibre, equipo de radio comunicación y droga.

“El detenido es probable operador del líder de una organización delictiva con presencia en Sinaloa y jefe de plaza en la ciudad de Culiacán, así como responsable de controlar la venta, distribución y trasiego de drogas hacia Estados Unidos de América”, decía el comunicado de la PGR. “De igual forma, se le señala de ordenar y participar en la agresión en contra de elementos de la Sedena ocurrida el 30 de septiembre.”

La fuga

Pancho Chimal fue recluido en el penal estatal de Aguaruto. En esa cárcel se encuentran, de acuerdo con el gobernador Quirino Ordaz Coppel, al menos 500 reclusos considerados de alta peligrosidad. La PGR intentó trasladar a Pancho Chimal a un penal de máxima seguridad. Sin embargo, apenas ingresó, el abogado del líder de Los Chimales impugnó la orden de traslado. El juez Cuarto de Distrito aceptó la petición de amparo y Pancho Chimal permaneció en Aguaruto hasta el 16 de marzo, cuando, acompañado de otros cuatro reos, se fugó por la puerta principal.

Su fuga, junto con la de Juan José Esparragoza Monzón, Alfonso Limón Sánchez, Jesús Peña González y Rafael Guadalupe Félix Núñez, todos integrantes del Cártel de Sinaloa ya sea como operadores o jefes de sicarios, significó una terrible afrenta contra las fuerzas federales que habían detenido a esos delincuentes meses atrás.

El hijo de Juan José Esparragoza Moreno, El Azul, estuvo menos de dos meses preso luego de haber sido detenido por la Policía Federal en Culiacán, mientras que Pancho Chimal estuvo preso menos de un mes tras el operativo conjunto en la colonia Acueducto.

El enojo de la Sedena no sólo ante las autoridades penitenciarias sino ante la indolencia del gobierno de Ordaz Coppel que de inmediato se lavó las manos argumentando que su administración había recibido los penales en muy malas condiciones (mismo argumento que en su momento usó Mario López Valdez luego de una fuga de reos a inicios de su gobierno) ocasionó una guerra de declaraciones entre autoridades militares y el gobierno estatal que fue zanjada (por lo menos ante las cámaras) con varias reuniones de seguridad que sostuvieron en Culiacán y Mazatlán. 

Tras la fuga del penal de Aguaruto, se dieron a conocer imágenes del lujo en el que vivían algunos de los reclusos, entre ellos, los cinco evadidos. Aires acondiciones, pantallas de plasma con televisión satelital, equipos de Play Station, refrigeradores, camas, baños propios, etc. Todo lo necesario para que la temporal estancia en el penal resultara lo menos incómoda posible: eso incluía, desde luego, tráfico de drogas, la posibilidad de organizar fiestas y hasta la contratación de escorts.

Más soldados llegan a Sinaloa

Llegaron al estado más fuerzas federales. A finales de marzo, al menos 900 militares arribaron al aeropuerto de Culiacán y la Policía Militar empezó a patrullar las calles de las ciudades, dejando a los municipales en el papel de simples choferes al servicio de los soldados.

En los primeros cuatro meses de gobierno de Ordaz Coppel, la ola de homicidios que se ha presentado sobre todo en Culiacán, Ahome y Mazatlán, ha dejado un promedio de cuatro asesinatos por día. Sin embargo, el aumento en la tasa de homicidios había venido incrementándose desde el último año de gobierno de López Valdez, que coincidió con la nueva detención de Guzmán Loera en Los Mochis y el resquebrajamiento del Cártel de Sinaloa en varias células confrontadas entre sí.

La lucha por el control del cártel entre la facción comandada por Dámaso López, El Licenciado, y dos de los hijos del Chapo Guzmán, ha tenido su epicentro en Villa Juárez, Navolato, en la sierra de Badiraguato y en Culiacán, donde a plena luz del día, y en medio de civiles que han sacado sus teléfonos celulares para grabar los hechos, se han presentado intensas balaceras con caídos en ambos grupos.

La situación es tan tensa en esta zona del estado que el 29 de marzo tres periodistas de la cadena árabe Al Jazeera que pretendían realizar varios reportajes sobre la violencia en Villa Juárez fueron retenidos por tipos armados al confundirlos con un grupo rival. Los periodistas fueron “paseados” durante cuarenta minutos mientras los armados verificaban que, en efecto, se trataba de reporteros.

El misterioso enfrentamiento

Fue bajo esta circunstancia de violencia desbordada que la reintegración de Pancho Chimal al Cártel de Sinaloa se volvió indispensable y su fuga una cuestión de vida o muerte. Pero la Sedena no olvidaba el agravio contra los 5 soldados emboscados y de ahí que movieron mar y tierra para dar con su paradero.

Tras “realizar trabajos de gabinete y de campo”, de acuerdo con la versión oficial que ofreció la Secretaría de Marina, Pancho Chimal fue ubicado en una comunidad perteneciente a la sindicatura de Tepuche. A la media noche del viernes 14 de abril empezó a circular el rumor de que había sido abatido por la Marina en las inmediaciones de Badiraguato. Pero no fue sino hasta la mañana siguiente cuando la noticia fue confirmada mediante un comunicado.

“Esta acción se llevó a cabo tras realizar trabajos de gabinete y campo, donde se ubicó un lugar en el municipio de Badiraguato, en el cual se reunían integrantes de la delincuencia organizada”, dice el comunicado. “Por lo que ayer elementos navales se dirigieron al área, donde fueron agredidos por presuntos infractores, por lo que el personal naval con el fin de disminuir el nivel de la agresión y reducir el peligro de bajas de civiles, la repelió.”

En el lugar de los hechos fueron decomisadas armas largas, cargadores y equipo de radio comunicación. Pero de dicho enfrentamiento no hay más pruebas que el comunicado oficial. No sabemos cómo se dio, cuántos elementos participaron, cómo se llegó a establecer la ubicación del líder de Los Chimales. No sabemos, de hecho, si tal enfrentamiento existió.

El cuerpo fue trasladado al Servicio Médico Forense de Culiacán. El lugar permaneció custodiado por decenas de camionetas de la Policía Militar y del Ejército Mexicano a la espera de que familiares acudieran a identificar los restos.

Pero el sicario abatido lanzaría una última afrenta a las fuerzas federales.

El lunes 17 de abril, cuatro días después de haber sido abatido, el velorio y posterior desfile por la comunidad de El Diez de los restos de Pancho Chimal dejarían en evidencia el poder del cártel allá donde su manto aleja a cualquier autoridad civil o militar.

El cuerpo fue velado primero en una funeraria de Culiacán adonde llegaron cientos de personas y decenas de arreglos florales. Entre ellos, destaca uno con la leyenda: “De su plebada los chimales”. Pero no fue el único. De acuerdo con El Universal, algunos de esos arreglos con toda variedad de flores tienen un valor de hasta 30 mil pesos.

Luego del velorio, el cuerpo fue trasladado a El Diez, una comunidad agrícola al sur de Culiacán dividida por un canal hidráulico que da nombre al pueblo. De acuerdo con distintos medios nacionales, Pancho Chimal fue velado en la casa de su suegro, en medio de música de banda que le cantaba al pie del ataúd, para luego ser llevado, entre disparos al aire de pistolas de varios calibres, al panteón Jardines del Humaya. Decenas de autos, caballos bailadores y personas a pie con carteles que decían “al cien con el chimal” seguían a la carroza ante la mirada curiosa de los pobladores que grababan la escena con sus celulares.

Ninguna autoridad se hizo presente. El ruido de las balas cubrió cualquier otro sonido durante varios minutos como sucede en Culiacán cada 31 de diciembre. Y tal como ocurre en la capital sinaloense durante los festejos de año nuevo, a los civiles no les quedó más remedio que contemplar con asombro y zozobra el espectáculo de la cultura del narco en todo su esplendor.

Y esa indolencia de las autoridades sobre todo estatales se evidencia en las cifras de homicidios. Tan solo en los tres primeros meses de 2017, se han cometido 385 homicidios dolosos. En el mismo periodo pero de 2016 la cifra fue de 246 contra 211 de 2015. La espiral ha venido aumentando sistemáticamente desde 2014 y eso se nota en el ingreso de Culiacán y Mazatlán en la lista de las 50 ciudades más violentas del mundo que cada año presenta el Consejo Ciudadano Para la Seguridad Pública y Justicia Penal.

Mientras tanto, la población solo se mantiene como espectadora cómplice y silenciosa de una violencia que se desarrolla a su alrededor sin que ninguna autoridad, estatal o federal, se decida a atacar el origen del problema, más allá de la persecución vengativa y selectiva de individuos cuyo abatimiento solo genera que otro, probablemente más violento que el anterior, ocupe el lugar disponible para seguir perpetuando la violencia a la que los sinaloenses nos hemos acabado por acostumbrar.

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