Narcomensajes: La marca territorial de los Cárteles de Las Drogas

A partir del incremento en el número de organizaciones criminales que operan en el país, la necesidad de demostrar poder y control sobre determinados territorios ha hecho que muchos grupos dejen narcomensajes junto a los cuerpos de sus víctimas. De acuerdo con un estudio de CIDE, esto funciona como método para infundir terror en los grupos contrarios y en la población civil, pero también para mandar mensajes al gobierno.

La evolución que ha presentado el crimen organizado en México desde que inició la guerra contra el narco emprendida durante la administración del expresidente Felipe Calderón (2006-2012), no solo ha aumentado el número de organizaciones criminales, sino que ha propiciado un incremento en los niveles de violencia y en la manera en que cada uno de estos grupos expresa su poder.

Uno de las maneras en que los grupos delincuenciales se comunican con las organizaciones rivales, con el gobierno (sean políticos, policías o militares) o con la población civil es a través de las narcomantas colgadas en puentes peatonales y las plazas principales, narcomensajes dejados en los cuerpos de las víctimas o a través de videos subidos a internet.

“Las organizaciones criminales se comunican por medio de la manera en que asesinan y por los mensajes que dejan junto a los cuerpos”, dice el informe Análisis de la Evolución del Crimen Organizado en México a través de los Narcomensajes, publicado por el Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE). “En un mundo donde los actores no confían los unos en los otros, la amenaza de ejercer violencia –al igual que la violencia misma- juega un papel importante.”

El informe, publicado recientemente, analiza los cambios del crimen organizado en México a partir de 2007 mediante el análisis de comunicación entre las organizaciones criminales a través de los mensajes en cartulinas que dejan junto a los cuerpos de sus víctimas.

Se analizaron 2.680 narcomensajes entre 2007 y 2011, ubicados en 25 de las 32 entidades de la República Mexicana, los cuales fueron clasificados en seis categorías: los que iban dirigidos al gobierno, los que iban dirigidos a otros grupos rivales, los que estaban destinados a “soplones” o “dedos”, los que estaban dirigidos a la población para justificar el homicidio (en los que generalmente se dice que la víctima en cuestión era un secuestrador, un violador o un asaltante) y los que estaban relacionados con el tráfico de drogas y con el control territorial.

Los resultados arrojan datos sobre el incremento en la violencia verbal de los cárteles a medida que avanzaba el sexenio de Calderón, y el número de narcomensajes abandonados junto a los cuerpos de personas asesinadas de maneras cada vez más crueles: el estudio documenta cómo de un año para otro la manera de ejecutar rivales pasó de un balazo en la sien a métodos de tortura cada vez más sanguinarios.

La estrategia de “decapitar” a los cárteles mediante la muerte o arresto de los cabecillas generó inestabilidad en varias regiones por la lucha de poder que estas organizaciones vivieron entre sus filas, dice el informe, por lo que el resultado no podía ser otro que el aumento en el número de grupos criminales y de la violencia que ejercían para demostrar su capacidad de dominio.

Un informe de 2016 al que el CIDE considera como “confidencial”, demuestra que se llegaron a documentar más de 200 grupos criminales operando en México. Más de 200. Ante el aumento de la “competencia” y de la diversidad de delitos que cometen las organizaciones, estas se ven en la necesidad de usar nuevas prácticas de terror para posicionarse en determinadas plazas.

Los narcomensajes, abandonados junto a los ejecutados, envían información que requieren de los medios de comunicación o de internet para llegar a su destinatario. Algunos medios que se han negado a publicar el contenido de dichos mensajes han sufrido las represalias. Sin embargo, es también a través de dichos narcomensajes que los aparatos de inteligencia del Estado han logrado extraer conclusiones sobre el modus operandi del crimen organizado: nombres de jefes, ubicación de los mismos, complicidades, etc.

Sinaloa es uno de los estados donde más narcomensajes han sido abandonados junto a los ejecutados. De acuerdo con el estudio, Guerrero, Sinaloa, Chihuahua, Estado de México y Michoacán, en ese orden, son las entidades donde los grupos locales suelen dejar más narcomensajes junto a sus víctimas. Entre 2007 y 2011 fueron localizados 285 en Sinaloa. 2010 fue el año con más cartulinas recogidas: 140.

“Los resultados sugieran que la violencia es más visible que antes”, dice el informe, “en 2007, un solo grupo fue identificado por medio de narcomensajes. En 2011, fueron más de 110 grupos y 11% de los ejectuados fueron etiquetados de esta manera.”

Los primeros narcomensajes documentados fueron localizados en Quintana Roo y Nuevo León, en el año 2007, en los que se señalaba a un exprocurador estatal de estar trabajando al servicio del Cártel de Sinaloa.

La tendencia, o la moda, de dejar estas cartulinas fue subiendo en espiral: 56 narcomensajes fueron localizados en todo México en 2007, 281 en 2008, 506 en 2009, 889 en 2010 y 948 en 2011. Esto significa que el 8.65% de las ejecuciones tuvieron un narcomensaje si tomamos como cierto el dato del CIDE que asegura que en estos años se cometieron 43.801 homicidios relacionados con el crimen organizado.

Pronto la tendencia se esparció de los dos estados mencionados a más entidades: Tabasco, Guerrero, Estado de México, Sinaloa: al menos en 25 estados se han encontrado cartulinas junto a ejecutados por la delincuencia organizada.

En el caso de Sinaloa, prácticamente todas las cartulinas mencionan al Cártel de Sinaloa y lo ubican como víctima o perpetrador, como colaborador del gobierno federal e, incluso, se han localizado mensajes de odio contra El Chapo Guzmán y el Cártel en general.

A nivel federal, los mensajes se dividen en cinco categorías que van desde los dirigidos al gobierno (amenazas a funcionarios públicos), contra los informantes del Estado (“dedos”, soplones o delatores), mensajes justicieros (estos ubicados a un lado de ejecutados a los que acusan de varios delitos cometidos contra la población civil, contra “el pueblo”, por lo que buscan influir en la opinión pública para intentar hacer quedar a un grupo como “el bueno”, el que está de lado de la población), los que tienen como destinatarios a los grupos contrarios o rivales y los que buscan dejar claro quién domina en tal o cual territorio, sea una colonia, un pueblo o una ciudad.

Del total de narcomensajes estudiados por el informe, el 44% (1.216) va contra grupos rivales, el 22% (612) son mensajes justicieros y el 10% (269) van dirigidos al gobierno.

“Estas cifras sugieren no solo que la violencia está cada vez más etiquetada, sino también que los grupos criminales están más interesados en ser visibles o conocidos. Se pueden aventurar algunas hipótesis: ya sea porque la competencia entre los cárteles aumentó y esto es una manera de asegurarse de que la sociedad, el gobierno y otros grupos reconozcan su presencia en un territorio específico; porque quieran intimidar y asustar a la sociedad; o porque se convirtió en una “tendencia” a seguir, algo así como una práctica de moda”, asegura el informe.

Muchos de los grupos que usaron los narcomensajes o la narcomantas (dos categorías distintas) a partir del inicio de la guerra contra el crimen organizado ya desaparecieron, tuvieron un vida efímera ya sea porque sus integrantes fueron abatidos o encarcelados o absorbidos por otros grupos más grandes. De acuerdo con el estudio del CIDE, algunos de estos grupos son La Familia Mexicana (Guanajuato), Sangre Nueva (Oaxaca), Cártel del Centro (región central del país), El Sacerdote Mata Narcos (Chihuahua), El Vengador del Pueblo (Guerrero), La Contra, entre muchos otros.

La aparición de tantos grupos delincuenciales, unos muy locales y otros expandidos a varias ciudades o estados del país, tiene un denominador común.

“La falta de institucionalidad ha generado un vacío de poder, que es llenado por nuevas organizaciones criminales, las cuales, a pesar de que actualmente puede que estén vinculadas a la producción y el tráfico de drogas, no tienen como motivación inicial para su creación el narcotráfico”, concluye el estudio.

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