El paquete

Una joven y morena secretaria entró al salón de clases y se acercó para decirme que el Rector necesitaba hablarme de inmediato. No hacía falta preguntarle si era urgente. Me lo dijo su rostro y el hecho normalmente no permitido de interrumpir las sesiones del taller de periodismo de la Universidad Americana de Acapulco. Ofrecí disculpas y pronto regreso a los estudiantes. 

El Rector, Licenciado Alfredo Álvarez Cárdenas, me recibió en su espaciosa oficina: “Acaba de llamar el señor Procurador General de la República. 

Debo pasar mañana por Usted a su hotel a las siete y media de la mañana. Lo llevaré al aeropuerto. A las ocho llegará un avión para trasladarlo a Toluca con su fotógrafo. Allí lo esperarán dos vehículos y lo llevarán hasta Almoloya de Juárez, donde todo está listo para que Usted entreviste a Mario Aburto”. 

De regreso al salón y en las dos horas restantes con los estudiantes de Comunicación estuve tentado a informarles de mi afortunada reunión. Pero me aguanté las ganas. No podía exponerme a una indiscreción como para impedir o posponer aquella entrevista.

Cuando anocheciendo salí de la Universidad me di cuenta que no traía grabadora. Llegué al hotel, salí con mi esposa a buscar una y por poco me da un soponcio: La mayoría de las tiendas estaban cerradas. 

Fui a un Sanborns del centro y nada. A otro en la Condesa y “…no señor, no tenemos”, me respondió una empleada al tiempo que salió no sé de dónde, un joven que dijo: “¿No es esto lo que anda buscando?”. 

Por poco y le beso los pies. Al día siguiente trepamos al avión en cuanto se estacionó y no hubo problemas para aterrizar en Toluca y luego llegar a la prisión. Pero sí hubo dificultades para entrar: El fotógrafo César René Blanco que me acompañó calzaba tenis y no se permiten en el penal. 

Afortunadamente el chofer que nos llevó calzaba igual y pudieron cambiar. Luego yo vestía camiseta de manga corta y adentro hace mucho frío. Afortunadamente me prestaron una chamarra. 

Cuando estaba frente a Mario Aburto, un funcionario del penal me lo presentó preguntándole si estaba dispuesto a concederme una entrevista. 

Al decir el prisionero “Está bien”, sentí que no cambiaba aquel momento por nada del mundo. Los periodistas del Distrito Federal se indignaron cuando leyeron preguntas y respuestas. 

Unos dijeron que el entonces Presidente Salinas me favoreció porque era parte del complot. Otros, que fue por intervención de Carpizo. Y no faltaron las suposiciones de una maniobra. Sobraron los reproches porque según eso no pregunté lo más importante. El padre de Aburto habló pestes de mí. 

Hubo quien dijo que no tenía vergüenza para andar entrevistando “a ese maldito asesino” y naturalmente, los convencidos del complot me maldijeron. Supe que el director de un periódico llamó para reclamarle a José Carreño Carlón, el Director de Comunicación de Los Pinos. Su respuesta fue simple: “Le dieron la entrevista porque fue el único que la pidió”. 

La historia es simple. Primero fui con el vocero presidencial y me dijo que no podía, que se lo pidiera a Salinas. Cuando le respondí que no tenía caso sabiendo que pensaba lo mismo, me sugirió ver al Procurador General de la República, Licenciado Diego Valadés y lo hice. 

Me recibió amablemente, escuchó mi problema y llamó al Subprocurador de Procesos, Licenciado Marcos Castillejos. Le preguntó si me podían ayudar y su respuesta fue un “cuestión de ver”.

Salió de la oficina y a los pocos minutos regresó para decirle a su jefe que todo estaba arreglado. Solamente era cuestión de fijar fecha. Por eso cuando me la comunicó el Rector Álvarez Cárdenas en Acapulco por poco y brinco de gusto. Nunca olvidaré la fecha: domingo 24 de abril. Un mes y un día después del asesinato en Lomas Taurinas. 

Seguramente a Sergio Sarmiento tampoco se le olvidará el sábado 13 de junio de 1999. Siempre recordará cuando el ex Presidente Salinas le llamó para decirle 24 horas antes que le tenía un paquete y al día siguiente le comunicó tenerlo listo. 

Sergio siguiendo la lógica propuso que se lo mandara. Pero Salinas simplemente le dijo “el paquete ya está aquí” dándole a entender que el paquete era el ex Presidente que lo invitó a tomar un café. 

Sarmiento se fue sin cámaras y me recordó cuando yo no tenía grabadora. Pero al entrar a la reunión con el ex Presidente Sergio vio una y sin duda sintió alivio. 

Que no llevaba corbata y hasta le ofreció disculpas al entrevistado. Que no había preparado las preguntas pero sí la habilidad para al final hacerle las que todos los periodistas teníamos en la punta de la lengua en caso de toparnos con Salinas. Recuerdo que cuando entrevisté a Mario Aburto me advirtieron: “Solamente media hora”. Mañosamente metí a mi grabadora un casete de 45 minutos y antes de iniciar la plática me encargué de repetir a los custodios y funcionarios una y otra vez, que nuestra medida sería precisamente el casete. 

“Es de media hora”, les dije sabiendo que los estaba engañando. 

Eso me valió poder hacer más preguntas. Pero si Sarmiento logró que por sus preguntas Salinas le pidiera no sujetarse a la tiranía del tiempo y continuar la entrevista, cambiando de videocasete, fue precisamente porque el entrevistador causó más interés al político que al revés. 

Por eso creo injustas las críticas a Sergio Sarmiento por esa entrevista. Y lamento cómo en ocasiones los descontentos derraparon en los límites del insulto. 

Creo que si Salinas hubiera llegado de incógnito y hasta después de su regreso se supiera, los mismos críticos reclamarían a Sarmiento y a otros porque no entrevistaron al ex Presidente. 

Seguramente recriminarían por no preguntarle lo de Colosio, lo de Raúl, lo de las privatizaciones, lo de Marcos, lo de Camacho y, entre otras cosas, lo de la sucesión y el motivo de su visita. 

Recuerdo que cuando otro gran periodista, Benjamín Wong, se coló a una sala donde platicaban los presidentes Gustavo Díaz Ordaz y Lyndon B. Johnson en Spring Valley, California allá por los años sesentas. 

El Servicio Secreto lo descubrió y no tuvo tiempo de preguntar nada a los mandatarios. Pero narró con tanto detalle el lugar de la reunión que prácticamente nos transportó a la reunión. 

Como que estábamos en primera fila. Total. Sarmiento hizo lo que debió. Si muchos odian a Salinas, ésa es otra cosa. 

Sergio preguntó lo más interesante e hizo decir al ex Presidente lo que nunca sobre su hermano y los errores de su gobierno. Joaquín López Dóriga también es un excelente periodista y le hizo a Salinas las preguntas a su juicio necesarias. 

Afortunadamente Televisa no lo puso como a Sarmiento: En el tiro al blanco o en calidad de vil carne de cañón. Pero el de TV Azteca y el de Televisa son tan profesionales y tan buscaron la noticia como los cientos de compañeros en las afueras de la residencia donde estuvo Salinas. 

Pero ejemplificando, yo creo que cualquier periodista mexicano no se negaría a una invitación de Raúl Salinas para una entrevista exclusiva, ni tampoco a otra de Gabriel García Márquez. 

Dos de mis compañeros reporteros ya la quisieran una con el Papa y otro con Labastida. Yo, por mi parte, estoy obsesionado por una con los hermanos Arellano Félix. Lo he dicho a quienes estoy seguro que se los informará. Se lo he declarado a la televisión norteamericana cuando me lo han preguntado. Espero que algún día, como a Sergio Sarmiento, me digan: “Blancornelas, le tengo un paquete”.

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