Los santos de los narcos: Entre la fe entre balas, drogas y ejecuciones

La pérdida de credibilidad de la Iglesia Católica ha generado la popularización de muchos cultos que siguen sin ser reconocidos de manera oficial y que, en su lugar, han sido estigmatizados y asociados con la delincuencia. Pero ni la condena de la Iglesia o del Estado han sido suficientes para disminuir la fe que muchos mexicanos, en tiempos de crisis, de violencia, de inseguridad, necesitan tener para sobrevivir al día a día en un país donde la desigualdad social y la criminalidad, mantienen en la incertidumbre a la población.

En su libro Santos Populares: la fe en tiempos de crisis (Grijalbo, 2017), el periodista José Gil Olmos asocia el renacimiento social de los cultos no aceptados por la Iglesia Católica, a la crisis de credibilidad que enfrentan el Estado y la propia Iglesia. Ante la pérdida de confianza en las instituciones de gobierno para obtener justicia, atención médica, trabajo, oportunidades de desarrollo (obligaciones todas del Estado), la sociedad mexicana, particularmente las clases bajas, acuden cada vez más al culto a santos no oficiales como Jesús Malverde, la Santa Muerte, el Niño Fidencio e, incluso, San Nazario, que no es otro que Nazario Moreno, “El Más Loco” o “El Chayo, fundador de La Familia Michoacana y de Los Caballeros Templarios.

La tesis de Gil Olmos es que, en tiempos de crisis, la fe en estas figuras que mezclan hechos históricos con leyendas en su concepción, se incrementa sustancialmente. México, asegura, es caldo de cultivo ideal para la propagación de cultos que la Iglesia considera “paganos”: violencia desbordada, crisis económica, corrupción institucional a grados escandalosos, desprestigio del catolicismo por los miles de casos documentados de curas pederastas y por su complicidad con el crimen organizado y con personajes del poder que, en el imaginario colectivo popular, son símbolos de corrupción.

“Dentro de este panorama han cobrado notoriedad otros fenómenos sociales importantes que nos retratan la forma en que miles de mexicanos enfrentan los tiempos. Se trata de la necesidad colectiva por asirse de algo, en medio de la tormenta o de la oscura noche que no acaba. Hablamos del renacimiento de los santos populares”, escribe Gil Olmos.

Asegura que desde los años de la Revolución y la Guerra Cristera, cuando cientos de miles de mexicanos murieron a consecuencia de las balas o los ajusticiamientos propios de los conflictos armados, el país no había enfrentado una crisis de violencia a gran escala.

A partir de 2006, cuando Felipe Calderón llegó al poder y declaró su guerra contra el narco, se han cometido alrededor de 150 mil homicidios, cifra equiparable a la que, entre 1926 y 1929, dejó el conflicto cristero, de acuerdo con estimaciones del historiador Jean Meyer.

Y ha sido precisamente en esos contextos de caos generalizado, debilidad institucional, incertidumbre económica y ausencia de justicia social, cuando se han desarrollado los cultos a personajes históricos que, gracias a la fe popular, trascienden lo meramente humano para convertirse en figuras idolatradas a las que se les atribuye milagros (milagros que en países democráticos se llaman equidad, justa distribución de la riqueza, oportunidades de desarrollo, buena sanidad pública, educación, etc.).

Personajes como Emiliano Zapata o Francisco Villa, por ejemplo, aún son idolatrados como santos paganos en comunidades rurales donde la justicia social por la que ellos luchaban, no ha llegado. Los casos de El Niño Fidencio o la Santa Niña de Caborca son distintos en tanto que a estos personajes se les busca básicamente por cuestiones de mala salud. Pero entre todos los santos populares, acaso los que más llaman la atención, son aquellos a los que se les ha vinculado con personajes de la delincuencia organizada.

Jesús Malverde o la Santa Muerte, por ejemplo, forman parte iconográfica de la llamada “narcocultura”. En muchas de las propiedades aseguradas por las fuerzas federales tras la detención de algunos narcos, siempre han aparecido altares a ambas figuras, con veladoras encendidas en su honor, imágenes, rosarios, estampas, oraciones impresas, ejemplares de la Biblia e, incluso, en algunas casas, sus dueños han destinado una capilla o habitación especial para realizar oraciones.

“El enérgico vínculo entre la delincuencia y la fe que profesan quienes la ejercen parece incomprensible ante los ojos de algunos”, escribe Gil Olmos. “Quizá no lo sea tanto cuando consideramos […] que esas personas se exponen a grandes peligros y buscan el resguardo de una energía que rebase el poder que poseen…”

JESÚS MALVERDE

No se sabe exactamente cuándo nació “El bandido generoso” o “Santo de los narcos”. Algunos historiadores ubican la fecha el 24 de diciembre de 1870, otros en enero de 1888, otros más hablan de 1871. Tampoco hay un consenso sobre cuál era su nombre: se mencionan tanto el de Jesús Juárez Mazo como el propio de Jesús Malverde y algunos dicen que nació en Mocorito mientras otros aseguran que fue en Culiacán.

De origen humilde, cansado de la miseria y de la injusticia social, se convierte en asaltante de hacendados y familias adineradas de Sinaloa, entre las cuales estaban los Redo (dueños de la hacienda e ingenio de El Dorado en la era porfirista y cañedista), los Martínez de Castro (quienes fueron dueños del edificio que actualmente ocupa el Museo de Arte de Sinaloa), los De la Rocha, los Fernández, etc.

Tras los asaltos (escondido en la espesura del campo salía al paso de las caravanas arma en mano, razón por la cual se le llamó el Mal Verde) repartía el botín entre los más necesitados y eso le generó un halo de justiciero social. Por esa razón, el gobierno de Francisco Cañedo puso un precio por su cabeza. Al ser capturado, se decidió colgarlo de un mezquite en la zona de Culiacán donde actualmente está su capilla. Para escarmiento de la población, el gobierno decidió dejar su cuerpo colgando hasta que solo cayó al suelo y la gente, poco a poco, fue colocando piedras sobre sus restos hasta acumular un montículo que adornaron con flores y veladoras. 

La imagen actual de Malverde data de los años setenta, cuando se mandó a hacer la primera pintura para darle un rostro reconocible a ese personaje del que, hasta entonces, no había una imagen “oficial”. El rostro actual de Malverde, dicen algunos cronistas, es un retrato basado en las facciones de Pedro Infante y Jorge Negrete. A medida que su culto fue creciendo, la capilla de Culiacán empezó a recibir visitas de narcotraficantes famosos como Rafael Caro Quintero, Ernesto Fonseca o Amado Carrillo Fuentes.

Actualmente se tienen registro de capillas de Malverde en Tijuana, Badiraguato, Chihuahua, Los Ángeles, Colombia y en la Ciudad de México.

LA SANTA MUERTE

El 29 de abril de 2005, la Secretaría de Gobernación canceló el registro como asociación religiosa a la Iglesia Misioneros del Sagrado Corazón y San Felipe de Jesús por promover entre sus feligreses la devoción a la Santa Muerte. Era la desaprobación oficial hacia uno de los cultos religiosos de más rápido crecimiento en México. No se sabe cuántas personas practican esta creencia, pero algunas estimaciones hablan de millones de fieles por todo el país. Para la Iglesia Católica, la veneración a la Santa Muerte es herética y diabólica, por lo que la desaprueba completamente.

El culto a la muerte no nació en México. En Europa, durante la Edad Media, la devoción hacia figuras esqueléticas era común. En la época colonial, los evangelizadores dejaron registro del culto que algunas comunidades indígenas en la zona de Guanajuato, Chiapas o Querétaro practicaban hacia imágenes que representaban un esqueleto.

“El culto a la Santa muerte no tiene un registro oficial y su origen se diluye en mitos y creencias de la gente”, dice Gil Olmos. En la actualidad se trata de una mezcla o sincretismo cultural entre ritos católicos, indígenas y esotéricos con elementos de magia negra.

Algunos reportes de prensa han dado cuenta de integrantes del Cártel del Golfo en cuyas casas se han encontrado altares a la Santa Muerte. En Tepito, el barrio bravo de la Ciudad de México, los altares a esta figura pululan entre las vecindades y los callejones oscuros donde la droga pasa de mano en mano. Tan solo en esa zona de la capital mexicana, se han contabilizado más de 1,500 altares a la Santa Muerte. 

Estas referencias han creado a su alrededor la idea de que se trata de un culto favorecido por narcotraficantes, secuestradores y asaltantes. Sin embargo, de acuerdo con el libro Los Brujos del Poder, figuras del espectáculo, la política y el deporte, son devotos de esta fe.

Se mencionan nombres como los de María Félix, Elba Esther Gordillo, el exgobernador de Oaxaca Ulises Ruiz, el luchador Místico, la actriz cubana Niurka, el exsecretario de seguridad pública Genaro García Luna, como algunos de los más famosos devotos del culto a la Santa Muerte.

SAN NAZARIO

Nazario Moreno, alias “El Chayo” o “El más loco”, no es otro que el fundador de las organizaciones criminales La Familia Michoacana y Los Caballeros Templarios. Era conocido en su estado natal como un narco que ayudaba a los pobres, que regalaba aparatos electrodomésticos, que prestaba dinero a los campesinos, que patrocinaba fiestas en las comunidades más pobres: de ahí la devoción que muchas personas socialmente desfavorecidas sentían hacia él.

El Chayo, repatriado de Estados Unidos donde empezó a vender drogas en algunos barrios de Los Ángeles, fundó una organización que era mitad secta religiosa mitad cártel de las drogas. Escribió varios libros de tintes religiosos que los jóvenes que ingresaban al cártel tenían la obligación de leer. Al final de sus días, ya en el borde la locura, se rebautizó a sí mismo como San Nazario, y distribuyó entre sus empleados oraciones impresas que tenían la obligación de recitar antes de emprender alguna misión peligrosa.

“Oh, señor todo poderoso/ líbrame de todo pecado / dame protección bendita / a través de San Nazario/ Protector de los más pobres / caballero de los pueblos /San Nazario danos vida / oh, bendito santo eterno”, dice una de esas oraciones.

El Chayo también escribió el Código de los Caballeros Templarios de Michoacán, una guía de comportamiento para todos los integrantes de la organización que, además del tráfico de drogas, se dedicaba a la extorsión y el secuestro.

De acuerdo con la versión oficial, Nazario Moreno fue abatido por la Marina Armada de México durante un operativo encaminado a su captura. El 9 de marzo de 2014, a las 4.30 de la madrugada, los elementos federales que lo habían estado buscando en la sierra de Tumbiscatio ubicaron a un hombre que viajaba en una mula. Le hicieron el alto, el tipo sacó de entre su ropa un arma larga con la que empezó a disparar en contra de los federales, quienes repelieron la agresión y lo abatieron de inmediato. Su muerte, sin embargo, no detuvo el culto hacia su persona que existía en algunas comunidades de Michoacán, por el contrario, los templos e imágenes en su honor, se multiplicaron.

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