El año en que el narco tomó la CDMX

Arturo Beltrán Leyva fue abatido en el edificio Altitude de Cuernavaca, en diciembre de 2009, por elementos de la Marina que le seguían el rastro desde hacía varios meses. Luego se supo que, al desatarse el operativo, Beltrán llamó a uno de sus lugartenientes más violentos, Édgar Valdez Villarreal, alias la Barbie, para que fuera en su auxilio.

La Barbie pidió informes entre las autoridades que tenía bajo su servicio. Le dijeron que no había forma de llegar: que la Marina lo tenía copado todo.

Héctor Beltrán, hermano del capo que perdió la vida aquella noche, acusó a la Barbie de traición.

El cártel de los hermanos Beltrán Leyva se partió. Las consecuencias serían funestas para la Ciudad de México.

Édgar Valdez Villarreal y Gerardo Álvarez Vázquez, alias el Indio, fundaron el Cártel del Pacífico Sur y tomaron su propio camino. Héctor Beltrán hizo alianza con otro de los antiguos jefes de la organización: Sergio Villarreal, alias el Grande.

2010 fue, sin embargo, un año funesto para el grupo delictivo que controlaba Guerrero, Morelos, una parte del Estado de México y también del entonces Distrito Federal.

Los principales jefes —el Indio, el Grande y la Barbie— cayeron entre abril y agosto.

La detención del Indio, en un domicilio de Huixquilucan, fue especialmente significativa. Tras una balacera y una violenta persecución, el Ejército pudo aprehender a 18 personas.

Pero otros cuatro cómplices escaparon. Uno de ellos se escondió en una barranca: más tarde dijo que se había quedado colgado de unos matorrales durante casi 24 horas.

Había formado parte de la escolta personal de Arturo Beltrán y el día que el Ejército entró en Huixquilucan actuaba como jefe de sicarios del Indio. Tras la detención de este, buscó el cobijo de la Barbie, quien lo reclutó como jefe de su grupo de sicarios.

Se llamaba Óscar García Montoya. Era originario de Guasave, Sinaloa. Había cursado cuatro semestres de Derecho, ingresó más tarde a las Fuerzas Armadas —decía haber combatido al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y al Ejército Popular Revolucionario (EPR)— y luego consiguió un puesto en la Policía Municipal de Los Mochis. Uno de sus cómplices lo describió como un hombre “loco, loco, loco”.

Arturo Beltrán —que también cazaba con esta última descripción—, le adquirió confianza. Quiso “capacitarlo” y lo envió a entrenarse con los kaibiles en Guatemala. García Montoya quedó encargado de decapitar a los enemigos del cártel —y se dice que disfrutaba mucho hacerlo.

Según información contenida en diversos expedientes criminales, la Barbie había logrado quedarse con la operación de los Beltrán en un vasto territorio que comenzaba al sur de la Ciudad de México y terminaba en Acapulco. Pero la Barbie cayó —o se entregó, están las dos versiones—, en agosto de 2010. Quiso imponer a su suegro, Carlos Montemayor, como jefe del grupo criminal, pero a este nadie lo aceptó.

En los años que controló el corredor México-Acapulco, Valdez Villarreal había encargado las operaciones de narcomenudeo en la capital del país, así como en el Estado de México, “a un compañero de antros y fiestas”: José Jorge Balderas Garza, alias el J.J.

Balderas operaba en Tecamachalco, Naucalpan y Tlalnepantla. Tenía a su cargo los antros de Polanco, Insurgentes Sur y Tlalpan. En uno de ellos disparó en la cabeza al futbolista Salvador Cabañas.

Cuando el cártel se quedó sin cabezas, el J.J. intentó acercarse a García Montoya para que se repartieran entre ambos un inmenso botín: la Ciudad de México y todo un corredor del Edomex.
García Montoya, sin embargo, no contestaba las llamadas y, según contó más tarde el J.J., siempre le mandaba decir que “me iba a regresar en cachitos” a quienes le enviara a negociar.

Aunque ambos eran oriundos de Sinaloa, García Montoya consideraba a su paisano “el gato de parrandas de la Barbie”, un nene bien arreglado que jamás había tomado parte en una guerra.

“Te doy 24 horas para que te vayas”, le mandó decir.
El J.J. se movió entonces hacia Huixquilucan, Ecatepec e Izcalli. García Montoya se quedó en la parte sur de la Ciudad de México, pero pronto comenzó a meterse en colonias mexiquenses.

Su sello eran cuerpos decapitados. Se cambió el apodo que traía desde Los Mochis, el Compayito, por uno profundamente perturbador: la Mano con Ojos.

Era el año 2010. Y sí, los cárteles ya operaban en la Ciudad de México.

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