"MAS DE 100 MIL MUERTOS EN LA HOGUERA DE LA LUCHA ANTINARCO Y LAS LLAMAS ESTAN VIVAS.

Estaba desparramado en una silla blanca, con el cuello torcido a la derecha. A pocos centímetros había un teléfono celular, como si justo hubiera terminado una llamada. Tenía puesto unos zapatos con las agujetas desamarradas; era una imagen mórbida de lo que se ha convertido la “vida” en este poblado colimense.

Israel Cisneros tenía 20 años. Murió de manera instantánea en la casa de su padre. Cuando llegó la policía a la escena del crimen, el segundo homicidio reportado esa noche, la sangre que salía del ojo izquierdo de Cisneros –donde recibió el balazo– ya estaba algo endurecida y comenzaba a agrietarse; la cara y el cuello de Cisneros parecían tener escamas de color rojo.

Alguna vez, Colima fue uno de los estados más seguros de México y un lugar al que iban en busca de santuario los mexicanos que querían huir de los enfrentamientos con narcotraficantes. Ahora los funcionarios de Tecomán, un pueblo agricultor en la costa del Pacífico, apenas y se encogen de hombros cuando ocurren dos homicidios en unas pocas horas. Ya no es algo fuera de lo común.

El año pasado, Tecomán fue de los municipios más mortíferos de México, con una tasa de homicidio de 151,8 por cada 100 mil habitantes, según un análisis independiente de datos oficiales. (El promedio para todo Colima fue de 42,12 homicidios dolosos por 100.000 habitantes y el promedio nacional, de 16,81, de acuerdo con el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública). La cifra de Tecomán bien podría aumentar al doble este año, lo que lo vuelve uno de los ejemplos más claros de una crisis nacional.

México se acerca a su momento más mortífero en décadas: más de 100.000 muertes, 30.000 desaparecidos y miles de millones de dólares en la hoguera de la lucha contra el crimen organizado, y las flamas siguen vivas.

En los primeros seis meses de este año ya se han dado más homicidios a nivel nacional que en el mismo periodo de los últimos veinte años, cuando empezaron los registros.

En algunas de esas escenas del crimen, como la habitación en la que Cisneros terminó tirado en una silla, solo hubo una víctima. En otras hubo varias. Pero la mayor frecuencia de estos es indicativa de la creciente violencia del narcotráfico. Los grupos criminales llegan cada vez más a zonas antes seguras y han dejado un rastro de homicidios que, según algunos conteos, es mayor al vivido en el punto más crítico de la guerra contra el narco, en 2011.

“Lo que está pasando aquí está pasando en todo el estado, todo el país”, dijo José Guadalupe García Negrete, el presidente municipal de Tecomán. “Es como un cáncer”.

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