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Las disqueras tienen futuro… cantándole a ‘El Chapo’

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Mientras la mayoría de las disqueras batallan con las ventas, Twiins ha triunfado con artistas como El Komander, quien canta sobre los capos del narco.

En una cálida y lluviosa noche de mayo, el foro Atlanta Coliseum en el condado de Gwinnett, un área suburbana con una de las poblaciones hispanas más grandes de Georgia, está atestado de miles de personas que acudieron a ver a Alfredo Ríos, alias El Komander.

Su banda comienza a tocar Leyenda M1 y el público canta a todo pulmón: “Se me acabó el parque, dos súper no alcanzan y a fuego cruzado peleé en desventaja, mi cuerpo tendido por la madrugada”. Las letras hablan de un “león bravo” que muere en un sangriento tiroteo, prometiendo que su muerte no acabará esta “guerra perdida”. El protagonista es Manuel Torres Félix, alias M1, un alto y sanguinario lugarteniente del Cártel de Sinaloa, quien fue asesinado en un tiroteo con el ejército mexicano en 2012.


“Como compositor, me gustan esas historias de crímenes”, dice Ríos por teléfono desde su casa en Culiacán, varias semanas después del concierto. Ríos es una estrella en el mundo de la música regional mexicana, el formato de radio más popular entre los hispanoamericanos, que abarca norteño, mariachi, grupero, ranchera y banda. “La música es literatura para los oídos”, dice este compositor y cantante de narcocorridos.

A medida que México escala su lucha contra los cárteles (más de 120 mil personas han sido asesinadas desde que el entonces presidente Felipe Calderón anunciara una ofensiva gubernamental en 2006, y 2017 fue el año más violento hasta la fecha), esta música se ha vuelto más explícita, liderada por Ríos y otros en una corriente conocida como movimiento alterado.

También se ha vuelto más popular, desafiando el declive de la industria musical mundial.

“Era genuino, como un periódico”, dice Omar Valenzuela quien, junto a su hermano gemelo Adolfo, firmó a Ríos para su sello discográfico Twiins en 2006. El éxito de El Komander ha convertido a Twiins en una potencia multimedia, con un elenco de unos 10 artistas que celebran a los capos de vida glamurosa y narran la brutalidad de sus rivales.
Esta nueva generación ha aprendido que puede ganar más dinero, tener lujos, ser mejor que sus padres. Todos aman esa sensación de poder, que nunca antes se había sentido en la música mexicana. Porque antes era de amor y tristeza, nunca sobre el poder
Adolfo Valenzuela, cofundador de Twiins

Sin embargo, es un mal momento para rentabilizar la glorificación del narcotráfico, si es que alguna vez hubo uno bueno. Varias ciudades y estados mexicanos han prohibido las presentaciones en vivo de narcocorridos y los han vetado de la radio. Los cantantes han sufrido atentados y la violencia ha cobrado la vida de docenas de ellos en México. En Estados Unidos, los intérpretes de este género se encuentran en la extraña posición de exaltar una imagen que se ajusta a los estereotipos degradantes explotados por los políticos antiinmigrantes. “Traen drogas, traen crimen, son violadores”, asegura Donald Trump. Los gustos del público también están cambiando. El reto para Ríos y los gemelos Valenzuela es cambiar su pasado de música agresiva por un futuro más convencional.

En Burbank, California, las oficinas de Twiins se amplían para albergar una sala de producción de video, al lado de otra sala más pequeña donde trabajan los equipos de marketing y redes sociales de la discográfica. En el vestíbulo hay estantes con artículos a la venta, sobre todo playeras y gorras con el logo de la empresa o el nombre de El Komander, donde la “K” suele tener la forma de un cuerno de chivo, una AK-47, aunque otras llevan la imagen de Joaquín “El Chapo” Guzmán, el líder del Cártel de Sinaloa. En la misma calle, el estudio de grabación también se remodela para crear la nueva sede corporativa.

“Comenzamos con una tienda en línea hace unos cuatro años”, dice Adolfo. “Queremos expandirnos a nuevas áreas, no como discográfica, sino como marca. Ropa, comida, antros”. Tal vez su mayor incursión hasta el momento es una taquería con temática narco, Tacos Los Desvelados, en la pequeña comunidad de Maywood, al sur de Los Ángeles.

Nacidos en Sinaloa en 1976, los hermanos llegaron a la música a través de su padre, quien tocaba clarinete y saxofón en respetadas bandas locales. “Tocaron para todos estos cárteles”, dice Adolfo, citando a capos como Guzmán, Rafael Caro Quintero e Ismael “El Mayo” Zambada.

La tradición del corrido a la que pertenecía el padre de los Valenzuela se remonta a más de un siglo, los músicos originalmente fungían como pregoneros, difundiendo las batallas de la Revolución Mexicana y otros incidentes noticiosos. El narcotráfico comenzó a abrirse camino en las canciones alrededor de 1973, cuando Los Tigres del Norte lanzaron lo que a menudo se considera el primer narcocorrido moderno, Contrabando y Traición, sobre una pareja que conduce a California con mariguana dentro de las llantas del carro. Grupos como Los Tucanes de Tijuana y Los Invasores de Nuevo León pronto agregaron narcocorridos a sus repertorios, pero eran un pequeño segmento de la música mexicana hasta principios de los años noventa, cuando surgió Chalino Sánchez.

Sánchez era un indocumentado en California que, además de trabajar en granjas y cocinas, ganaba un ingreso adicional escribiendo corridos para personas que querían conmemorar a un pariente fallecido por la violencia de las pandillas o de las drogas. Sánchez comenzó a grabar las canciones él mismo, atrayendo seguidores entre sus pares inmigrantes. En enero de 1992 recibió un disparo en el costado mientras se presentaba en Coachella, California. Sobrevivió, pero meses más tarde, después de una presentación en Culiacán, fue ejecutado y arrojado a un canal. Su muerte aumentó la popularidad de su música, especialmente entre los jóvenes mexicoamericanos, quienes gustaban del gangsta rap y rechazaban la música mexicana por rancia. De repente, tenían un bandido de cosecha propia.
“No era tan cantante, pero era real. Escribía sobre lo que estaba ocurriendo en ese momento en Culiacán. México en ese tiempo era realmente peligroso, como lo es ahora, pero no escuchabas a nadie cantar sobre decapitados”.
Omar Valenzuela,cofundador de Twiinssobre Alfredo Ríos, alias El Komander.

“Solíamos tocar para Chalino”, rememora Adolfo de su época como músico. “Recuerdo que siempre estaba rodeado de gente de la mafia. Nos contrataba para tocar y se quedaba sentado todo el tiempo, bebiendo. Luego cantaba una canción y se iba al baño para meterse coca o algo así”.

Cuando los hermanos Valenzuela se volvieron productores colaboraron con estrellas de la música latina como Paulina Rubio, Thalía y Calle 13. Fundaron la productora Twiins en el año 2000 trabajando inicialmente, y con cierta frustración, para artistas de grandes firmas. “Muchos no tenían talento pero tenían el respaldo de una gran compañía”, dice Omar. “Luego, cuando nuevos talentos comenzaron a buscarnos, me encantó lo que estaban haciendo, pero nadie los firmaba”.

En 2006, un primo que era dueño de una tienda de ropa les presentó a Ríos, que entonces vivía en California. “Me dijo que conocía a alguien de Sinaloa, un indocumentado que quería hacer música”, recuerda Omar. Cuando invitó a Ríos a cantar para él y su hermano. “Nos quedamos impresionados”, dice Omar. “No era tan cantante, pero era real. Escribía sobre lo que estaba ocurriendo en ese momento en Culiacán. México en ese tiempo era realmente peligroso, como lo es ahora, pero no escuchabas a nadie cantar sobre decapitados”.

Los Valenzuela rebautizaron a Ríos como El Komander y produjeron un sencillo, El Katch, una oda al estilo de vida del narco. La violencia se pasea por su letra y el corrido enumera las recompensas del tráfico de drogas: Land Rovers, whisky Buchanans, ropa Armani. El Katch se convirtió en el primer éxito de Twiins y los hermanos lo continuaron firmando a grupos como Los 2 Primos, La Edición de Culiacán y los Buknas de Culiacán. Los Valenzuela lo etiquetaron deliberadamente como un “movimiento”, el movimiento alterado, con la esperanza de capturar el cambio generacional que percibieron entre los inmigrantes hispanos. “No es como antes, cuando decían: ‘Voy a trabajar duro como mis padres’”, dice Adolfo. “Esta nueva generación ha aprendido que puede ganar más dinero, tener lujos, ser mejor que sus padres. Todos aman esa sensación de poder, que nunca antes se había sentido en la música mexicana. Porque antes era de amor y tristeza, nunca sobre el poder”.

Con la discográfica en plena forma, Omar se mudó a Culiacán para abrir una oficina secundaria para programar conciertos en México. Hoy, la mitad del negocio está ahí y la otra mitad en Estados Unidos, aunque tienen más empleados en México, en parte porque la mano de obra es más barata. Pero también suelen preferir que los artistas debuten allí, para que los que son nacidos en Estados Unidos tengan un toque más auténtico.

Twiins ha prestado mucha atención a las redes sociales, lo que se ha traducido en decenas de millones de vistas en YouTube y, por supuesto, dinero. El video Sanguinarios del M1, una colaboración entre El Komander y otros cantantes de Twiins, ha sido visto más de 33 millones de veces. El video del éxito de 2012 de El Komander, Cuernito Armani, tiene más de 56 millones de vistas. Los Valenzuela no comparten cifras exactas, pero de acuerdo con Adolfo, Twiins gana “millones de dólares por presentaciones en vivo y medios digitales, millones de YouTube, millones en patrocinios, miles en mercancía”. Agrega que estos ingresos superan a los de empresas similares, porque Twiins no los comparte con los grandes sellos. En cambio, DEL Records (cuya estrella Gerardo Ortiz ha sido, junto a Ríos, la cara del movimiento alterado) tiene un convenio de distribución con Sony Corp.

Los músicos de Twiins han evitado hasta ahora la deriva sangrienta que ha golpeado a artistas de otras compañías en la última década. A fines de 2006, Valentín Elizalde fue abatido a tiros por Los Zetas, el brazo armado del Cártel del Golfo. Desde entonces, docenas de artistas han sido asesinados y muchos más han sido amenazados, secuestrados, balaceados o torturados. En 2011, después de un concierto en Colima, la camioneta en la que viajaba Gerardo Ortiz fue tiroteada causando la muerte de su chofer y su representante. En febrero de 2017, una manta en un barrio de Tijuana amenazaba con matar a Los Nuevos Rebeldes, una popular agrupación del sello DEL, si interpretaban canciones alabando a las figuras del cártel local. En marzo, Rolando Arellano Sánchez, guitarrista de Grupo Contacto, fue asesinado en Tijuana, semanas después de que el mánager fuera advertido por el Cártel Jalisco Nueva Generación de que dejaran de ensalzar al Cártel de Sinaloa.

Los vínculos reales entre la música y el narcotráfico han hecho que algunas autoridades prohíban los narcocorridos en las radiodifusoras y sancionen a docenas de emisoras bajo una ley de 1961 que prohíbe la “exaltación de la violencia o el crimen”. En 2011, Sinaloa emitió un decreto que prohíbe la difusión de canciones que glorifiquen el crimen organizado en bares, discotecas o restaurantes. “El ritmo al que bailan es el de la violencia que lastima a muchas familias en México”, escribió Alejandro Poiré, entonces vocero de Seguridad Nacional, en un sitio web del gobierno federal.

Desde entonces, Chihuahua y Coahuila, así como varias ciudades y municipios, han aprobado prohibiciones similares. Sin embargo, los argumentos morales contra los narcocorridos no influyen en Adolfo.

“En México, mucha gente nos decía: ‘Estamos en guerra ahora mismo. ¿Por qué cantan eso? Está empeorando las cosas’”, dice. “Como yo lo veo, estoy haciendo música. No estoy haciendo guerra. Publico lo que sea que los jóvenes estén cantando en la calle o en internet (...) Los artistas, al igual que los periodistas, dan voz a lo que está en las mentes de las personas. Ese es mi trabajo”.

Últimamente, eso ha significado un rumbo más político. En 2016, El Komander lanzó canciones centradas en la inmigración y el orgullo mexicoamericano, con algunos giros líricos sombríos. En la primera, un hombre que cruza la frontera es usado como un involuntario cargador de droga y es ejecutado en el desierto; la otra incluye referencias sarcásticas a la cocaína y los AK-47.

Edgar Quintero, un cantante y compositor nacido en Estados Unidos que recientemente dejó los Buknas de Culiacán para dedicarse a una carrera como solista, dice que la era Trump ha traído un cambio palpable en la energía del público. “En este momento, a nadie le gusta el presidente”, expresa. “En mis conciertos, les encanta cuando digo ‘F--- Donald Trump’. Se vuelven locos. Si los políticos no están haciendo su trabajo manteniendo felices a las comunidades y a los ciudadanos, el músico lo aprovechará y los pondrá contra la pared”.

Es posible ver el movimiento alterado como el desafiante aullido de aquellos que con frecuencia se han sentido marginados, amenazados e incluso emasculados por el debate migratorio en el lado norte de la frontera y por la virulenta guerra en el lado sur. Sin duda, para muchos, la imagen de los que se pavonean con metralletas y Range Rovers desafiando la ley impunemente es preferible a la de los empobrecidos campesinos atemorizados por la migra o los sicarios. “Los narcocorridos apelan a esa persona que quiere salir y ser narco de viernes a sábado, y luego tiene que ir a trabajar el lunes”, dice Quintero.

La interrogante para los más ambiciosos cantantes de narcocorridos es si la música basada en esos sentimientos puede llevarlos al estrellato. “El Komander y Gerardo Ortiz se hicieron de un nombre en ese subgénero alterado, pero en los últimos años ambos se han vuelto mucho más comerciales”, dice Ismar Santa Cruz, vicepresidente de contenido y estrategia radial de Univision Communications Inc. “Ortiz es una superestrella ahora porque comenzó a sacar canciones más tipo balada. El Komander igual”. El giro desde letras cargadas de testosterona hacia baladas románticas es la aceptación de que un artista que quiere una carrera duradera también necesita seguidoras femeninas.

Los Valenzuela reconocen la naturaleza cíclica de las tendencias musicales. Hace cuatro o cinco años parecía que todos los artistas del regional mexicano querían subirse al movimiento, pero el interés se ha nivelado. La próxima estrella emergente del sello, Cuitla Vega, es un baladista pop. “El mercado está demasiado saturado de malos corridos. Así que ahora hay espacio para cosas nuevas”, admite Adolfo.

Ríos también es consciente de eso. “El término ‘narcocorrido’ me molesta”, dice. “El Komander canta sobre caballos, sobre peleas de gallos”. Su resistencia a ser el rostro de los narcocorridos lo llevó hace un par de años a anunciar su retiro de la música. El retiro no duró mucho, pero la frustración era genuina. “La gente piensa que solo cantamos corridos, y eso no es así”, dice Ríos. “Pero ciertos temas están prohibidos en la radio, de modo que los corridos van a internet y las redes sociales, y la música romántica va a la radio para ampliar el proyecto”.

Ríos afirma que la respuesta a su material más convencional ha sido “excelente”, pero de vuelta en el estudio en Burbank, su discográfica dice que sus fans incondicionales han sido tibios. El dilema del artista es el mismo que el de Twiins. “El Komander saca canciones de amor y a la gente le da igual”, dice Adolfo con un ademán de indiferencia. “Ellos quieren corridos”. 
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